Culpa y verdad
En cuanto a las vastas y tiernas demostraciones de amor, las dulces palabras indirectas y los ojos brillantes, que me cuidan a cada paso que doy. A menudo me pregunto si soy merecedor, si mi existencia en sí misma justifica tanta humanidad y pasión: tan inefable placer de volverme el centro de atención. Irracional parece mi pretensión, mi deseo y necedad. Porque no hay más que la perfección convencional, no hay más que lo que nadie excepto yo, pudiera desear. ¿Acaso soy el atino común denominador, o la insatisfacción definida en un cuerpo y mente tan finitos? Tan imperfecto e impío que yace en la esencia de mis vindicaciones, que no reconozco en el efecto tan desinteresado de su actuar. Me equiparo con el desperdicio, con la concepción del desdén… Pero entre tanto, mi cordura se ve sufragada entre lo que debería valorar y reconocer. No es más que el engaño moral de mi insatisfacción quizás, pues me es inevitable ...



