Culpa y verdad

 En cuanto a las vastas y tiernas demostraciones de amor, las dulces palabras indirectas y los ojos brillantes, que me cuidan a cada paso que doy. 

 

A menudo me pregunto si soy merecedor, si mi existencia en sí misma justifica tanta humanidad y pasión: tan inefable placer de volverme el centro de atención. 

 

Irracional parece mi pretensión, mi deseo y necedad. Porque no hay más que la perfección convencional, no hay más que lo que nadie excepto yo, pudiera desear. 

 

¿Acaso soy el atino común denominador, o la insatisfacción definida en un cuerpo y mente tan finitos?

 

Tan imperfecto e impío que yace en la esencia de mis vindicaciones, que no reconozco en el efecto tan desinteresado de su actuar.

 

Me equiparo con el desperdicio, con la concepción del desdén…

 

 

Pero entre tanto, mi cordura se ve sufragada entre lo que debería valorar y reconocer. No es más que el engaño moral de mi insatisfacción quizás, pues me es inevitable interpretar esta enajenación como resultado de mi egoísmo. 

 

Pese a mi alma clama a gritos mi infelicidad; pese mi pensamiento es invadido por el impuro deseo de lo inmoral, de lo ajeno y extraño a mi experiencia. 

 

Soy tan despreciable, como la inmundicia presuntamente infundada en mi rencor de lo bueno y aceptable. 

 

Soy el proceso imperfecto que deviene de la dependencia, de la necedad de no abandonar… Lo que tanto requiere que me permanezca. 

 

En cambio, no puedo ofrecer más que el esbozo de una presencia pues:

 

Mis letras ya no caminan en torno a la benevolencia infinita que me regala su existencia.

 

Mis caricias ya no dibujan el deseo y la muda intriga del sentir.

 

Las melodías tan pasionales y descriptivas se quedan con ausencia de dedicatoria 

 

El fantasma tan evidente, abarca lo que naturalmente explota en mi romántica convención. 

 

No siento, sólo veo.

No entiendo, sólo acepto. 

No empatizo, sólo tolero

Me odio y no entiendo… 

 

Qué es lo que me hace falta, sino más el solemne silencio que me hace entender y dejar, de dañar a quienes cuyo benevolente corazón me otorgaron un hogar que si quiera volveré a soñar, que si quiere volveré a probar…

 

 

 

 


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