La lluvia incesante golpeando mi ventana

Música de ambientación 

“Puedo escuchar la lluvia incesante golpear mi ventana aunado al sonido de las llantas salpicando el agua de las charcas del pavimento mientras abro los ojos, exhausto de la incertidumbre que me hace despertar, en un día tan gris como cualquier otro.” 


Me asusta la idea de que cada vez pierdo la facultad de pensar en la expectativa del día; casi como un reflejo equiparado al de las bacterias cuando detectan nutrientes en el medio, dirigiéndose a la fuente de alimento meramente por convicción química en una determinada reacción de entre varias moléculas, sin rastro del hecho, sin rastro de conciencia de la intención o de la necesidad. Aquel reflejo que me hace levantar mi teléfono intentando absorber de forma automática serotonina de las banalidades que pudiera encontrar en las redes sociales, en la falsa expresión emocional de todos pretendiendo que su vida carece de dificultades. 

 

¿Acaso aún quedan los deseos auténticos? ¿O en los años venideros habrá que referirse a ellos como ahora hablamos de los dinosaurios?

 

Me reconforto con la idea recalcitrante de mi fortaleza moral, de que siempre puedo o encuentro la forma de solucionar el naufragio de mi voluntad de vida. Sin embargo, por obra de la ley natural que apremia mi adaptabilidad, parece que es más fácil soltar y ceder. Aspirar a sorber el mucilago de las cáscaras perecederas de lo que alguna vez fue la libertad, la espontaneidad, todo aquello que el vacío humano se encargó de colmar con prestigio, dinero, perversión, sustancias y sucedáneos mundanos de cultura. Me aíslo ante un mundo que no perdona a quienes quieren descubrir su esencia.

 

El panorama parece que nunca fue demasiado bueno, aunque siendo realistas, conociendo la historia de la humanidad, de sus dificultades para brindar una vida plena a los mismos. Cuesta creer que en la era de la información, en la era atómica, donde podemos acceder a cualquier parte del mundo a tan solo un click de distancia, donde a partir de la fisión de dos diminutas partículas podemos iluminar ciudades enteras aunado al hecho de que todo esto fuera posible en un periodo no superior a los cien años entre el descubrimiento de sus principios teóricos y los hitos en cuestión… en nuestros días, no seamos capaces de comprender la urgencia tan antigua como el hambre misma, de concebir y procurar el bienestar humano. 

 

Hemos dominado la naturaleza, sus enrevesados conceptos que le hacen funcionar al menos en el alcance de nuestras necesidades materiales, pero no podemos dominar la necesidad de validación por medios ciegos y también tan contundentes como es el modus vivendi del consumo. De forma que todo lo que provoca dolor en la sociedad moderna sean las guerras, las crisis económicas y la ausencia de un yo consolidado libre de la influencia manufacturera de las sociedades occidentales capitalistas. Cosas que el mismo hombre en su afán de dominar el mundo, creó para lidiar con su lastimada significancia.

 

Tal y como una mercancía, como un servicio comercial, nos vemos obligados a vender el disfraz al que llamamos identidad; para apaciguar y convencer al juicio ajeno, nos vemos obligados a poseer rasgos generalizados que prescribirían nuestro valor, nuestras intenciones como personas, el desglose de la esencia individual y de colectivo. Sin la posibilidad de experimentar el viaje humano lleno de una inconmensurable cantidad de sensaciones y experiencias blanqui-negras reactantes entre sí.  

 

Confundimos las relaciones interpersonales como indumentaria emocional para el goce artificial y la revalidación de nuestro existir. No esperamos a entender la esencia de nuestros sentimientos en cambio de la pobre expresión de autoconocimiento denominada amor, según la persona moderna. Pensamos que el sesgo de la realidad, la confrontación a los sentimientos desagradables son el inicio del desenamoramiento y nos desprendemos tan rápidamente de las personas como si de envases de plástico se trataran. Las personas ya no son un fin, se han vuelto un medio para las necesidades inconclusas del humano promedio. Tan desolado por su insignificancia ante el abrumador mundo lleno de posibilidades sólo para quienes puedan pagarlas, de la desesperada identificación con conductas destructivas típicamente romantizadas hoy en día. 

 

La crisis silenciosa donde ya nadie sabe quién es, donde ya nadie sabe a dónde va, donde es preferente abandonar su yo auténtico por migajas paupérrimas de aceptación; la mentira idealizada de la cultura occidental recae sobre nuestras maleables cabezas en busca de un sentido dentro de lo que ni siquiera tiene esencia por sí misma: es pues el resultado de la indiferencia que como humanos hemos tenido hacia nosotros mismos, el poco respeto que le tenemos a nuestras mentes, a nuestros cuerpos, a nuestros vínculos, a los prójimos, al mundo mismo que hoy nos da un lugar donde vivir.

 

II

 

He fantaseado mucho últimamente…

 

Despierto sobre una cama de base sencilla, construida a partir de troncos sin barnizar. Un cuarto atañido de tablas cuyo olor armoniza de forma complementaria con la fragancia a tierra húmeda y rocío evaporado de las once de la mañana. Me levanto haciendo un tenue y reconfortante ruido de crujir provocado por la presión de mis pies sobre la madera. Descalzo, sintiendo la tibieza de las fibras secas del parqué dirigiéndome a la cocina donde una taza de café de grano sobre la barra me espera. 

 

Absorto en la contemplación del momento, apreciando los rayos del sol atravesar el follaje de los árboles y el baile de las plantas tan minimalistamente opulento de belleza al son del viento que acaricia sus cuerpos.

 

Como una orquesta en crescendo el ruido de los niños riendo se hace eco en las paredes de roble que preservan la tranquilidad del momento. 

 

Desde mis adentros pienso si es domingo, si son vacaciones o cuál es la causa de toda esta oda de goce dirigida a mis oídos y ojos; o porque en esa visión puedo sentir una plenitud que no experimento desde que era niño.

 



 

 

 

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