Diario de Diego XII
En este momento justo cuando mis responsabilidades sociales dejan de ofuscar la duda que yace en mis adentros, encuentro una figura peculiar en el espejo; una figura tambaleante y sedienta de certidumbre. Dicha criatura reviste la misma piel que yo, los mismos recuerdos, los mismos sentimientos, el mismo amor, dicha y dolor. Puedo decir que esencialmente yo soy esa criatura.
Sin embargo, en algo diferimos. Mientras él actúa, yo medito; mientras él busca la perdición de a ratos, yo reparo en lo tanto que desearía no recaer en ella. Tan unidos en las cosas que revestimos, pero ajenos en la forma que las tratamos.
Lo convenientemente asertivo es que mientras alguno de los dos se encuentre en limbo del tiempo que no retorna, el otro no puede prosperar; es como pensar por dos personas pero con la voluntad de una misma.
Ahora puedo pensar que el lineamiento final sería entonces reunificar a esa criatura con la conciencia que se identifica ajena a ella. Regresarle el alma al cuerpo, o el cuerpo al alma.
Mis sentimientos fragmentados en ocasiones frustran mi deseo de acallar las voces que en su impulsiva y sumisa perspectiva de actuar encuentran alivio en la desconexión del "yo" con el "aquí" derivando en un espisodio disruptivo de mi consciente. En definitiva sumamente doloroso.
II
Recuerdo cuando los filamentos secos de las coníferas fueron la cama en la que recosté mis penas. Los árboles que se erguían en la redonda jamás habían bailado de forma tan bella y sincronizada para mí.
Ahí, en el suspiro donde simultáneamente todo salía flote, en la voluntad de buscar una vida a fin de mis necesidades... reparé que entre todo, mi objetivo era el mero hecho de "entender"; entender de dónde salía tanto dolor, cómo este se convertía en una forma determinada de obrar y pensar, así del mismo modo con la dicha.
En el camino de la certidumbre, con el corazón despechado, acepté la condición póstuma de la soledad (que hoy en día sigue rebotando en mi cabeza). Jamás me hube sentido tan solo, tan aislado, tan diminuto ante la inmensa corporación social en la que me había tocado vivir, como cuando viví el abandono de la potencialidad que acompaña al ser humano en su naturaleza: de llevar más allá su relación profunda e íntima con el mundo y lo que alberga. Esta libertad fecundada en el giro brusco que partió desde la baja edad media, tan solo me hace darme cuenta del camino que aún falta por recorrer.
Hay días en los que quiero que la luz jamás vuelva a encenderse, hay días en los que procuro y juro el desarrollo ulterior de esta misma. Entiendo lo que será mejor para mí y para todos, pero a veces es tan difícil cargar con el peso de la verdad y el desmentir de lo que creí verdadero.
Ahora tengo mis pensamientos, el lugar donde escribo y las interacciones sociales y afectivas que, cuando logran ser auténticas, me hacen sentir vivo. La reafirmación del ser y sentirse parte de algo que vale la pena a menudo nos hace ver con ojos entreabiertos lo que la realidad tiene por enseñarnos. Sin embargo a pesar del sesgo en potencia, es uno de los tantos mecanismos que nos hacen humanos: la satisfacción, seguridad y plenitud que otorga el hecho de pertenecer a "algo". Una virtud que solo puede apreciarse en su forma más sincera siempre y cuando optemos por la racionalización de nuestros impulsos, someter a juicio nuestros más profundos pensamientos del yo que conecta e interpreta la espontánea chispa de estar vivos; es lo que tal vez nos aleje de las garras del engaño y de sus variadas formas en las que se muestra en la mundana forma que los humanos solemos tropezar.
El amor entonces se vuelve una herramienta de valor sumamente poderosa que, lograría desvanecer la niebla que trae la duda. Nada más puro que el sentimiento genuino de obrar en beneficio ajeno tomando como recompensa el propio subyacente del acto mismo; nada más puro como la benevolente inspiración que emergen de la expansión del humano en sus vertientes más intrínsecas; llámese cultura, ciencia, religion, virtud, amor, conciencia, vínculos, salud física y mental, etc. A partir de ahí comenzamos a reescribir la sintaxis del alma y su obrar.
Ante la expectancia de este hecho, sigo buscando formas de llegar a ese don en su forma más desinteresada y óptima para mí.
Por lo tanto seguiré intentando mientras la vida y mi voluntad me permitan continuar con mi búsqueda. Mientras la noche no se sobreponga al amanecer; mientras siga explorando maneras de mantenerme vivo en esta distópica era del vacío.
Espero regresar a estos rincones con la felicidad que alguna vez predominó en mí.


Comentarios
Publicar un comentario