Pandemia, guerra y crisis.
08/2022
En este punto de la vida; durante
la época de las concepciones liquidas, de la pandemia moderna, de la belicidad
diplomática y cruda en el mismo cuadrilátero sigue consumándose u
na desenfrenada lucha de
superponibles convicciones que sólo ha cambiado en su forma de arremeter. Hoy
por hoy, otro episodio más de la historia humana.
Sintiéndome como alguno de aquellos presuntamente desfasados del estatus quo, reparo en el patrón disperso de las personalidades. Busco respuestas como cualquier otra persona con el privilegio del ocio y las necesidades básicas cubiertas; encuentro que, para cada avance o retroceso hay un factor que posibilita o imposibilita, no hay una fase estacionaria para la entropía del estar aquí. La vida tiene de menester la perpetua obra del cambio y de la acción, incluso en sus rastros más complejos, se halla dicha regla básica de la transformación y el reacoplamiento; de la tragedia y el logro, de lo móvil o lo inmóvil, etc. Según sea la percepción de cada quien.
En la negación de nuestros vestigios humanos e intrínsecos derivado de la manipulación bajo el velo de la jerarquía, creamos el axioma de tener que darle un sentido humano a todo lo que nos rodea, siendo pues, para algunos la cruda verdad, que lo verdaderamente humano viene del tejido cárnico que se encuentra dentro de nuestros cráneos y no de lo que puramente el universo en su conjunto es. No es intrínseco de las cosas, es intrínseco de nuestra alienada preferencia de asimilar el mundo que nos rodea.
No sería justo juzgar a mano extendida lo que hemos hecho a la capacidad de ser conscientes de la existencia misma del todo y diferenciarlo en partes abstraídas. Todo tiene un sendero cuya construcción sigue siendo el influjo de la realidad, en el momento, en la forma, en el sentido, percepción y estado abstracto de los individuos.
Liberarse de la carga emocional que en las etapas tempranas adquirimos por obra del acondicionamiento, es una extraordinaria hazaña para todos, opcional para los más privilegiados e inexistente para aquellos cuya única primicia es sobrevivir a los tiempos pasajeros.
Entre tanto, si me doy la oportunidad de reflexionar, ya no encuentro furor emocional en lo que la contemporaneidad me ofrece de forma plastificada y manufacturada. El disfrute se reduce al estado basal de muchos de los fenómenos sociales que hasta hoy se han construido. En mi pretensión soy variedad de cosas que permito compartir, en mis interiores sólo busco satisfacer mi deseo de algo diferente a cada paso que doy. Soñar con el día en el que deje de preocuparme acerca del sobretrabajo que el capital me demandará para alimentarme y cubrir parcialmente aquello que me sostiene, parece una elución a mis supuestas responsabilidades sistemáticas.
Aunque más allá de las percepciones meritocráticas, sé que simplemente es de lo más elemental de mi existencia aquello que deseo, estoy intentando encontrar la paz, en contraste a la que el sistema consumista en decadencia insiste tanto en implantarme.
Soy un vasallo, un patrón, un hermano, un amante, un hijo, un compañero, un trabajador, un homosexual, soy lo que la sociedad más le conviene aprovechar de mí; sin embargo, en soliloquio simplemente soy quien se inclina a comprender el mundo al que fui regalado. No intento cambiar con mi acto la percepción matricial de las masas. Más bien, tal como la semilla cuyo producto se ramifica, intento compartir la conciencia del yo y nosotrxs sobre el abstracto material que la humanidad ha creado para consumirse, una huella social humanista cuyo teorema consiste en disociar cada uno de los rastros antropomorfos y comprenderlos como consecuencia de un estado determinado del momento. Hallar la respuesta a la pregunta perpetúa del aquí y ahora, mediante el conocimiento de lo que es propiamente humano, y distinguirlo de lo que análogamente es subjetivo al mismo.


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