Contemporaneidad.

 Contemporaneidad...

O ya no sé cómo llamarle a este punto de la historia, como si ésta se tratase de una linealidad en el tiempo; término que sólo se ocupa para delimitar las etapas de los cambios sociales, psicológicos, tecnológicos, espirituales, económicos y fenomenológicos de las eras transcurridas, pero que en su vivencia cotidiana para la persona promedio significa la experiencia humana y cultural de la población, ahora más que nunca, de los individuos.

Parece curiosa la regresión, en el sentido psicológico, que vivimos actualmente. Comparable con entonces la baja edad media: tiempo en el que las reformas sociales en su conjunto sufrieron una revolución dejando a la deriva el cuerpo mayoritario de entre las clases sociales, la entonces definida clase media.

Hoy en día, los hijos de la individualidad que la reforma y el renacimiento vieron gestar atravesaron un pico en el que el capital tomó posesión de las leyes personales e impersonales del desarrollo de la población. Desde el momento monopolista en el que se institucionalizaron centenares de gremios, hasta las megacorporaciones multidivisionales que segregan a la clase trabajadora en bloques cada vez más definidos; despojándolos de la promesa capitalista y empujándolos a un consumo severamente desconsiderado en el que un producto de valor, adquiere su mérito en la promesa publicitada y no en el producto mismo.

La característica intrínseca humana de pertenecer a algo, ha sido envenenada, ultrajada por la mentira ideológica materialista que nos quiere “vender” la aceptación de grupo bajo las condiciones de estándares de belleza, un nivel de vida a aspirar o una construcción de la personalidad tal que homogeniza la sed de fama, de reconocimiento por parte de los pares, todo esto a costa de la autenticidad diversa que el humano es capaz de alcanzar (aunada a la incisiva cualidad inconsciente en la que se manifiesta esta preferencia, siendo para muchos un rasgo propio de su personalidad), muy aparte de la sencilla plenitud; que actualmente se presenta como un objetivo casi imposible de alcanzar. Puedo decir que actualmente los nichos sociales son segregados en distinciones que solapan en buena parte la aceptación de sus necesidades secundarias de los grupos (orientación sexual, aficiones a fines, así como ideas políticas, etc.), pero que, en su reconocimiento no garantiza el entendimiento de las raíces humanas de las mismas, y un ejemplo podría ser la disertación de que cada vez nos dividimos más, negándonos a la posibilidad de empatizar con cualquier circunstancia ajena a nuestra comodidad. Sin embargo, esta unión e indiferenciación entre los variados grupos no está del todo desaparecida, realmente creo que siempre nos hemos estado balanceando en un ciclo intermitente en el que, cuando nuestra libertad conjunta se ve puesta en riesgo, los matices generalizados desaparecen para darle lugar a una causa en común… Aunque dadas las consecuencias de la homogenización virtual ¿será posible que perdamos esta preciada característica humana?

II

Hacía mucho tiempo que no tenía la posibilidad de sentarme a pensar sobre el panorama de las cosas, de mi lugar entre toda esta enredada secuencia de acontecimientos que moldean a las masas. Declaro que, a lo largo de mi vida, he tenido este imparable sentimiento de aislamiento que se origina de la duda, de la incertidumbre sobre mi existencia. Había estado encontrando respuestas al porqué del moldeaje del mundo. Mi hambre de certidumbre en ratos me provocaba inclinarme a pensamientos reconfortantes y hasta cierto punto autoritarios sobre la gente a mi alrededor, incluso sobre mi propia mente y cuerpo.

En el afán del desarrollo personal, de crecer, expresar mi humanidad en las vertientes posibles, encontré que había muchos baches, así como callejuelas engañosas. El proceso en principio requiere el anhelo tanto del bienestar y sintonía con la realidad, como la confianza sobre las cosas mismas que las componen. Sin embargo, entre el deseo y la consciente añoranza de las cosas hacemos reparo de que son como dos caminos casi indistintos, solo que, justo al final de cada uno, nos damos cuenta que terminan en puntos totalmente diferentes.

Quizá en la sociedad contemporánea disponemos de ejemplos tales como la diferencia que hay entre la aceptación que los demás nos brindan y el impacto que tienen sobre nosotros; las consideraciones otorgadas a uno mismo ya sea por la belleza superficial o el aroma de la presencia que desprendemos con la apariencia y ademanes que los demás pudieran interpretar, a quizá las que tenemos cuando el tacto íntimo que tienen nuestras virtudes trabajadas desentrañando sentimientos profundos entre quienes nos presencian. En una escala de satisfacción personal quizá ambas determinen un mismo marcaje, pero en la perdurabilidad de la misma, la segunda termina por trascender la barrera externa de los elementos complejos psicológicos que constituye un verdadero sentido de pertenencia.

En mi experiencia podría poner el ejemplo de la ocupación que he tenido a lo largo del último año. Después de mi proceso en búsqueda de mi vocación, concluí que lo mejor para alcanzar la plenitud era dedicarme estrechamente a mis obligaciones como estudiante. Hacerme de metas a corto, mediano y largo plazo, así como de cualquier otra proposición que uno mismo se hace a lo largo de su vida. Sometiendo mi persona y las personas en la redonda a ser factor facilitador en el proceso de lograr la meta. Aunque entre líneas también quería comprobarme a mí mismo que no era un inútil, que podía lograr las cosas siempre y cuando me propusiera a alcanzarlas. Esto me llevó a una disciplina autoritaria en la que antagonizaba el ocio y el descanso. Sobre poniendo mi sed de alcanzar el objetivo a pesar de que las demás partes que componen mi persona fueran descuidadas. De igual forma quería el reconocimiento de los demás, pasar de ser nada a ser aquel que decidió darle un giro productivo a su vida; conformándome con ser percibido como alguien dedicado y ciertamente inteligente. Pero, a pesar del esfuerzo, del reconocimiento, del respeto generado, no lograba por terminar de sentirme feliz, de sentirme satisfecho. Conseguí lo que había planteado en un periodo corto de tiempo, en cambio, varios rasgos propios se vieron afectados por el aislamiento que aquello conllevó: dejar a un lado el ocio, los amigos, los momentos irrepetibles. Todo aquello que representaba desde mi punto vista enfocado… improductivo.

De la mano conocí y me relacioné íntimamente con alguien, mi manera de proceder fue la misma. Dejé que el centro de mi atención fuera la productividad y la persona en cuestión. En las semanas que se consolidaba nuestra relación un efecto del enamoramiento mezclado con mi intensa visión del futuro hicieron una sinergia en la que el fruto de la conexión sentimental se tornó en una experiencia sistematizada. Como un esquema de organización, plantee el cómo debíamos avanzar en el periodo que construiríamos juntos. Deshumanicé esa parte que, sigo sin determinar todavía, suelen ser en mayor proporción de carácter pasional; de cualquier modo, mi conexión emocional con dicha persona se consolidó de manera satisfactoria. Dada la cualidad perceptiva de mi personalidad, noté ciertos rasgos que en primer lugar supondrían un ancla en el proceder que había planteado. De pronto comencé a percibir dicha ancla como una cuestión que debía repararse, como una imposibilidad que necesitaba remedio. Me predispuse a tomar un rol de empatía y comprensión que buscaba que el individuo superara sus delimitantes personales, enfocaba mi energía en crearle conciencia del valor de su existencia, dejando a un lado el fluir propio de las emociones, como si de un trabajo se tratara, aunque mis sentimientos se fueron entrelazando de por medio. Era una especie de amor hacedero o amor productivo. En el que el mérito habría de llenar de significancia la relación entre los dos individuos. Tardó algunos meses para que mi aspiración a mantener en sincronía las dos partes del vínculo se fuera debilitando. El flujo de mis emociones, de cómo sobrellevaba mis buenas intenciones se fue tornando en una especie de pesadez, pues no lograba que el avance fuera acorde a mis necesidades compulsivas que construirían el futuro en el tiempo que me había propuesto. Perdí el valor que su autenticidad significaba, transfiguré mi sentido del amor en algo material, en una construcción inerte que revalidaba mi mérito por transformar a la persona. Fue entonces que comportamientos inconscientes comenzaron a aparecer: el desinterés por continuar, el constante pensamiento por dejar las cosas como están o también una sensación de insatisfacción que me dominaban cada que esa persona afrontaba episodios de frustración con la realidad. [Hasta este punto, no quiero que se entienda que el estilo de vida organizado y planeado sea incompatible con la felicidad y el disfrute de la vida en sus diversas expresiones; es necesario tener claro lo que somos y lo que queremos para poder emplear las herramientas emocionales necesarias para llevarlo a cabo, y en el proceso desarrollar amor por las cosas y las personas que fungen como intermediarios en la experiencia de crecer como personas].

En tanto fui consciente de esta situación, fue que pude ser realmente sincero conmigo. En mi intento de expresar mi interés; de tornar la relación en una mágica sinergia entre dos almas que simplemente están viviendo el momento, sólo logré crear un apego dependiente por parte de esta persona. Justificaba mi accionar por las emociones nuevas que su presencia en mi vida había traído, por el apego que yo también desarrollé a lo largo del tiempo; sin embargo, mis acciones fueron como la analogía de los dos caminos que hice anteriormente, a pesar de las formas tan diversas de expresar cariño por otra persona en una relación íntima, el resultado fue diferente al que me había planteado en un principio. Encontré que al final del camino había cambiado mis modos de afrontar la realidad, mis rutinas, mis añoranzas, la cotidianidad de mi vida y la percepción propia; aquella que tanto me había costado consolidar. Fue toda una responsabilidad que aún duele aceptar porque hubo mucho interés, amor y cariño de por medio, fue ese camino indistinto que todos nos proponemos a tomar, pero que a veces no sometemos a un juicio crítico o bien, apelando a la analogía: a detenernos durante el recorrido. Esto para comprender si nuestros pasos son formidables, si realmente no estamos atravesando una engañosa callejuela en el trayecto de construir algo auténtico, algo hermoso.

 

 

 


 

                                   

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