"Ya no me quieres…"
Es difícil imaginar el impacto de aquellas palabras, empatizar con ellas y al tiempo tratar de comprender su paradero.
Innegable la preocupación subyacente y los matices que rompe una declaración tal. Y es que, si la experiencia y mi mente actual pudieran intentar algo, permanecen en un ciclo de complacencia pues mi pensamiento inmediato fue: ¿Qué hago para aliviar su pesar?
<< Ya no me tomas la mano; ya no me abrazas al dormir; en tu tiempo libre lo dedicas a todo menos a mí>>
Este desapego es un fantasma en mis intentos de resignificar lo que conozco como afecto al otro. Te elijo y meditando la persona que eres, pienso que te sigo eligiendo (¿?).
Pienso en lo cansado que pueda ser mi insistente sed de saber, de entender. Sobre todo, ahora que el significado supone una construcción de lo que propiciaba mi mente alienada, que pienso despierta, y al mismo tiempo acepto sesgada, pero con un espíritu renuente a la verdad que le contaron.
En términos simples siento deseo, siento interés… ¿Pero a qué punto esto es algo que realmente trascienda esa barrera del esfuerzo de la lucha constante que implica amar?
¿Es este un sabotaje o la mera expresión de un alma desorientada?
Su compañía, no como un sustantivo común, sino como la riqueza que la sensación de sentirse acompañado atañe. Se aterriza y se sienta a centímetros de mí, me complace y me llena de gestos y momentos que en mi soledad sería incapaz de replicar.
Entre tanto, en lo que debería yo sentir, como responsable de los bienes intangibles que me otorga y satisface a mi demanda, mis sentimientos no son sujeto de las convenciones normales y replicables; si para mi edad se espera que ya lo haya aterrizado o más bien estancado. Pareciera no ser tan difícil, pero tampoco justifico la naturalidad del ser para ejercer el amor.
Quizás haya una discrepancia entre lo dinámico y fluctuante que realmente parecen ser los vínculos. Pienso que no es una decisión que se toma de una sola vez, sino todas las veces. Aunque sigo sin determinar si es capaz medir esa decisión de forma consciente. Como el respirar: que no requiere una determinación sino es una mera expresión inconsciente que se justifica en la labor de mantener la vida en nuestros cuerpos.
¿Será que el amor se manifieste de forma tenue en nuestro comportamiento que se justifique por el anhelo, la admiración y la inefable experiencia de querer compartir, de poner aquel en nuestro lugar? Y es que tampoco esa idea termina por convencerme del todo. Como si antes del amor no fuera posible nada. Ensucia la indeterminada experiencia de la vida humana, como un cómodo sendero de derrotas que se solapan con los triunfos, cuando muchos, por no decir la mayoría si quiera logra alcanzar un atisbo de ese fructífero bienestar y ni si quiera son conscientes de aquello.
¿Hasta qué punto mi cognición de los hechos arruina la fluidez de la experiencia? No siento que sea meramente irracional si en principio los motivos, aunque implantados, nos decantan con la ilusión de la “decisión”. Aún con todo, con el determinado repertorio de opciones, se piensa que uno elige.
O es que siempre estuve lejos de ese ilusorio albedrío…

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