Aquí y Ahora.
Luego de lo que pareciera ser el acontecimiento del siglo, hasta hoy. El cómo se fueron dando las cosas pudiera decir fue una bendición. Sin embargo, dentro de esta extática convergencia de pensamientos. Al intentar comprender y explotarlo uno se da cuenta. Que las cosas siempre estuvieron ahí, que los libros, las personas, los hechos, los problemas y la bienaventuranza siempre estuvo ahí. Lo que sí se consolidó como nuevo fue el conocimiento de estas cosas. Por años me reproché, por años le reproché a los demás, nada era como yo quería y para la funesta sorpresa de mi involucionada conciencia, aquello era lo peor que pudo haber pasado. Ya no podía hacer planes, ya no podía simplemente ir de aquí y allá porque pensaba que todo debía tener una forma y color para funcionar. Cosa que sí, tal vez así también funcionaría, aunque, solamente para mí, tarde o temprano aquel modelo iba a carecer de sentido, de propósito porque no iba a ver nada nuevo, porque eventualmente quien se subyuga a los deseos de alguien más termina por romperse y a perderse todavía más. Deseando más cosas, deseando controlar, pero siendo turno de dicha persona. Entonces llegamos a la modernidad, llegamos al año 2021 con una tasa de ineficiencia emocional altísima. Dadas las ambiciones de uno, que, si bien se ven reflejadas en el materialismo absurdo, pero haciendo feliz únicamente a los más privilegiados, haciendo feliz a aquellos que tuvieron la suerte sistemática de nacer en determinadas condiciones, en un determinado lugar, en un determinado tiempo.
Mi cabeza ha dado tantas vueltas en la pista mental, a veces anteponiendo conceptos, a veces yéndose por donde la primitiva premisa de atender una necesidad determina. Pero esencialmente dejándome a un lado, a lo que sí necesito para consolidarme, a lo que podría hacerme una vida más plena. Claramente debía vencer a alguien, y ese alguien eran mis instintos. Aquel software que, si bien me hace disfrutar las cosas simples, también las complejas, las absurdas y las coherentes. Debía hacerse una calibración porque me había infestado de las más absurdas. No podía seguir viviendo a costa de los demás: de lo que sintieran, oyeran, veían, sentían. Sí, uno puede aportar, uno puede abrazar, besar, escuchar, pero meramente como muestra del bienestar propio. A menudo sólo veía acciones que te llevaban a otros lugares deseosos por los instintos. No me nacía, me corrompía.
Nunca llegó a un lugar tan recóndito, tanto que pudiera hacerme padecer episodios de desdicha comunal, afortunadamente tenía un límite, pero no era difícil imaginar que mucha más gente no conocía dicho límite y sucedía lo que sucedía: una intrincada convergencia de hechos y consecuencias en la que la mente se ve invariablemente transfigurada, para bien o para mal, aquello lo determinaba la capacidad de uno para ver las cosas en esencia, cosa que no se enseñan de forma apropiada por nadie en la vida común del humano moderno.
En dicho momento es cuando uno debe de poner a trabajar la virtud humana heredada por la evolución: La curiosidad. Preguntarse cosas, formular cosas, disertar cosas y seguir explorándolas para comparar, para llegar a un resultado determinado. Es cuando si bien te dejas llevar por la magnificencia de la vida, el hecho de que no hay cosas malas o buenas, sólo cosas. O berrear por la pobre ineficiencia del cerebro de no ver las cosas como son. De cualquier modo, uno llega a la segunda, lo difícil es brincar esa brecha primitiva para consumar la conciencia, darle el papel que debe interpretar en la jerarquía de la cognición humana. Nada de instintos puritanos, nada de emociones incomprendidas, nada de actos maliciosos con fines endórficos, nada de complacencias carnales al modo de manipular a alguien más para hacerlo posible. Todo aquello, todo lo que la cultura se ha esforzado por enaltecer, es el principio de nuestras penas, de nuestras delimitaciones e incapacidades. Pero el cerebro poco podía hacer, luego de la connotación de la vanidad humana, poco se podía esperar del sistema consecuente. Obviamente iba a apelar a esa sesgada orientación de los hechos, obviamente la gente iba a seguir creyendo que atender a sus instintos primitivos era la mejor forma de crear la dicha, pese a lo que uno pudiera hacer, pese a lo que alguien más pudiera pensar, sentir o vivir. Invariablemente el modus vivendi que he adoptado pudiese alterar la psique de alguien, pero no por mí, no por mi contacto indirecto o directo, aquello ya era cosa de su mente jugando consigo misma. Esa es la diferencia a si yo decidiera insultar, convencer, manipular, vender, etc. Que, de una u otra forma llega a afectar en el marco directo e indirecto.
Ahora bien, tengo la decisión (y un poco de miedo) de volverme un ser eficiente, estribándome de las cosas esenciales de la naturaleza, de los millones de años de evolución. Vivir aquí y ahora, regalarme seguridad, regalarme energía en forma de ejercicio, regalándome la dicha de vivir comprendiendo el balance químico que la bienaventuranza representa. Llegar a ese lugar. Hasta ahora solo puedo decir que voy encaminado, pero ya voy para allá. Es difícil ver que muchas cosas no funcionan porque vivimos sin inmanencia alguna. Un ejemplo serían los padres, pensamos que viven con la idea del amor, de la unión en la mayoría de los casos. Cuando lastimosamente en verdad, luego de un poco de conocimiento, luego de un poco del exterior, la institución de la unión conyugal, así como otras en las repúblicas representativas, están lúgubremente corrompidas. Sucede cuando notas que papá llega inusualmente a horas dispares, cuando tienen que dormir en camas diferentes para poder soportarse, cuando de primera mano conoces la decepción de esta corrupción. ¿Alguien más miserable que yo me va a decir lo que es bueno de la vida? Muy probablemente no esté ni cerca de definir algo real, porque por algo se vio involucrado o involucrada en hechos determinantes que son su presente. Hay que saber a quien queremos escuchar y cuánto queremos escucharle, pues nadie vendrá del cielo a decirte qué hacer de pie a cabeza. Es una tarea de valientes, de locos, de abnegados a la virtud de la vida. Un proceso metodológico que da por resultado cierta desconexión, pero en su esencia, incluso en la puritana, podrás prescindir del dolor que pensabas era inherente del ser, del estuche que llamas cuerpo, de la burbuja que llamas mente.


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