Diario VI.
A veces no hay como sentarte en la orilla de la cama, observando la luminiscencia creciente del alba sobre el rostro, atravesando la puerta de vidrio con cierta gracia, sentir el calor que va subiendo por mi sobresaliente mentón y fijándose por encima de mi párpado.
Pienso si perderme entre capas y capas de humo ayudarán realmente a sobrevivir, a congelar el tiempo, más bien mi conciencia, por el resto de los días reciclables. Sobrevuela mi mente cual cóndor, y como dicho acto parece volverse cada vez inevitable.
Las primeras luces de la mañana siempre cantan una canción, adornan los primeros momentos de lucidez matutina, acompañando el frío del sol naciente, los pensamientos redundantes de la cuarentena también.
Papeleras y papeleras de ideas se llenan en las antípodas mentales, ni si quiera sé con exactitud si aún tengo acceso a estas mismas o si alguna vez lo tuve. Terminas por recostar la sien mirando fijamente el muro, raspando la zozobra de existir en una temporada sin cercanías ¿Tan malo es para quienes pueden resguardarse en casa? Varias veces lo pienso y termino por sentirme culpable de poder comer cuando quiera, de poder dormir cuando quiera, de poder estar tumbado en el sillón mientras mi mente se diluye y en cambio poder seguir existiendo.
¿Era este el momento en el que decides dejar la cápsula protectora? En donde aprecias la incompetencia de la vida, de la gente y de la ¿realidad?
Si bien, detenidamente nuestra temporalidad proviene de la distopía que tanto tememos. Acaso ¿no lo es? una distopía llena de violencia, intolerancia y división de clases y pensamientos poco redituables. Si el que nace pobre muere pobre porque quiere. Cuando en realidad pienso: << ¿Cuántos pobres se necesitan apilar para que nazca un privilegiado? >> ¿Es esto la civilización?
Entre tantas parodias que se suelen ver en el cine, en la televisión, en libros y en la música. Tanto nos ha tocado ver y apreciar. Ensordecer al resto del mundo que enfoca nuestra contemplación del momento, algo tan humanamente posible como el uso de la razón y la naturaleza de esta. Aunque en su forma pura del arrobamiento, hemos hecho posible por transfigurar la percepción como un insumo.
Cuando verdaderas intenciones salen a relucir, se envuelve de forma justificable por la ambición de otros. Es cuando en la curiosidad, dentro de la desilusión del momento uno mismo revuela en las posibilidades de lo ya concretado. Casi nada fue construido de forma desinteresada, buscamos el reconocimiento en riquezas y en cosas materiales. Nos llenamos la cabeza con la asequibilidad de bienes comunes, de logros vacíos o de mérito automatizable, de lo que podemos ser y de lo que podemos hacer pensar a los demás que somos, de vicios bien vistos y cuerpos imposibilitados por la tedia de sobrevivir para disfrutar, del tiempo que no volverá. De las migajas de placeres que el mundo nos da a cambio del todo el tiempo posible de nuestras vidas. Tan delimitado es el ser que nuestra realización depende del número de tabiques empleados en la casa que queremos comprar, la velocidad y vistosidad del auto que nos hicieron anhelar desde pequeños, de las mujeres superficialmente hermosas de las que papá me hablaba de niño. ¿Dónde quedo yo? ¿Dónde queda la persona en el montón de cosas apiladas por la soberbia de autorrealizarse?
Puedo decir ante ese despiste contemporáneo es una de tantas variables latentes en el mundo, es algo en lo que nos hicieron creer. Disfrazando la avaricia en motivación personal, disfrazando las buenas acciones con condiciones y pretextos. Cualquiera podría cuestionar todo esto y contradecir con un juicio inoportuno de prejuicios y de pereza. Muchos siguen pensando que debemos ser esclavos con lindos peinados para poder vivir plenos, lo entiendo. Las cuestiones sociales se van acercando a nosotros y las razonamos como nativos ante los nuevos colonizadores. No podemos asimilar algunas virtudes en pro de la sociedad, porque no las conocemos, ni si quiera creemos en la posibilidad de su susceptibilidad. Recuerdo leer hojeando un libro que la filosofía en resumidas cuentas intenta explicar o hallar razones para saber si vale la pena vivir o no. Tan inoportuno ha sido siempre la suerte de la humanidad que los sabios trascendentales mueren creyendo en una hipótesis totalmente ajena a lo que estamos viviendo ahora. Tomando en cuenta que se ha basado en el estrecho camino antropológico de su ser y trastornado ser ontológico resulta difícil contestar dicha pregunta de forma neutral, porque cada quien hallará su refugio en lo que encuentra durante la vereda, lo poco o mucho que el individuo pueda disponer en su vida. Si el amor, si la paternidad, el dinero, el trabajo. Tomando esto en cuenta se torna absurdo disponer de este sentido, de lo que conlleva las situaciones de hoy. Crudamente diría que no hay nada justificable ante la realidad que estamos encarnando. Podría decir que gozamos de soberanía justa, pero qué clase de soberanía sería una en la que siendo mujer tienes una alta probabilidad de morir en manos de tus iguales, de tus compatriotas. Qué clase de soberanía implica el abuso, la corrupción, qué clase se soberanía consciente el abuso infantil por instituciones eclesiásticas, qué clase de soberanía mata por amar a quien quieras amar. Esta es la realidad, un arco argumental lleno de huecos que nadie quiere saber por temor a desaparecer mañana. Nadie está aquí por suerte ni por algún misticismo claro. Sólo seguimos aquí los que aún tenemos razones para estarlo o simplemente porque queremos o porque no tenemos el valor para ya no estar aquí. Sin embargo, ante todo, cualquier validez de principio carece de propósito pues este mismo solo propicia la continuidad de lo hasta ahora llamamos realidad. Aunque mi funesta opinión pudiera decir mucho de mis emociones, realmente no me abate esta peculiaridad. Sigo creyendo en algo diferente, porque es de las pocas cosas que parecen tener sentido en una sociedad como la conocemos.


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