Ojalá Nunca Leas Esto.

Pasan los días, convenciéndome de estos poco esclarecedores pensamientos, retumba en mí aquella imagen de tu cuerpo desnudo sobre el mío, al son de canciones acomodadas para el momento. Quisiera decirte que eran para ti, que el momento que en mi adolescencia esperé sería ahora una clase de profecía trascendental, sin embargo, crecí, cambié. La estela de tu perfume al caminar carecía de sentido justo cuando olí tu camisa de cuadros, mis movimientos desganados quitándote la ropa no eran reflejo de mi nerviosismo como quizá pudiste intuir, era sobre todo mi incertidumbre ¿Estaba en lo correcto? ¿Acaso no había alguien quien ya te dedicaba sus tardes, sus anhelos, su tiempo? ¿Qué hacía yo, desnudando tu cuerpo si le jurabas semblanza a alguien más?

Continué pensando que esto era lo que quería, intentando establecer un juicio sobrio dentro de todo el alcohol en mis rodillas, dentro de todos los cannabinoides en mi torrente sanguíneo. Sin duda al verte encorvada dándome la espalda te deseé, te quise acariciar y nunca parar de hacerlo, pero fue entonces, entre mi reciente y básico conocimiento de ontología que me postraba como un títere ante tu efusiva y excitante forma de mirarme, en la que lamías tus labios mientras convergíamos en aquel caluroso día de abril.  

Poco podía razonar estando allí, era mera casualidad pensé, no tenía relevancia pues la última palabra siempre la diste tú. Tal fue mi angustia que no pude acabar, cesó cuando viste mi cuerpo empapado en sudor, dejando una gran silueta húmeda sobre el edredón, me tomaste por el cuello y nos besamos.

Fue justo que sonó aquél remate de batería, anunciando el advenimiento del eterno recuerdo de mi plena incertidumbre. Me arropaste en tus brazos y posé mi sien en tus pechos, escuchaba tu acelerado ritmo y sentía tu cálido cuerpo. Mi mirada de desconcierto clavada en la decreciente alba me hacía sumergirme en mis sentimientos, pues era una calabacilla vacía. Me sentía profundamente culpable de no corresponder y de no darme cuenta que había sido un gesto de amor. Yo yacía inerte reposado en tu cuerpo, al desnudo y sosteniendo la tersa piel de tu cintura mientras nos balanceábamos al ritmo de la música, a cadencia de danzón. No sé cuando fue la última vez que sentí algo por ti, no sé si nunca dejé claro que hacía un tiempo ya no buscaba esa clase de afecto. Me he enfriado, a virtud mía, a juicio ajeno soy alguien diferente, alguien que entendió tal vez de disfrutar sus convicciones y soledad, alguien que ve la vida como una entidad salvaje, llena de obstáculos y unos cuantos pasajes. No sé si sea malo o bueno. No quiero lastimar a nadie, pero mis gestos solo evocan a la mal interpretación de las circunstancias. Me parece un poco deprimente que mi empatía suele ser confundida con profunda melosidad.

Testigo

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