Deshumanizar. (Diario de Diego V)
Ante varios
pensamientos, ciclos con densidad vasta de ansiedad y estrés. Entre lo profundo
de mis supuestas “raíces” mentales. Luego de olvidarme y olvidar todos los rostros
que en semblanza miraron mis ojos tal como una ventana al exterior.
Entre derivas y
promesas, egos y envidias. Despojado de todo mal, de toda alegoría infiltrada
de manera pasiva en mi convicción.
Luego de ver el
bosque quemar, luego de sentir el agua helada de la alberca, entre dudas y
lugares supuestamente seguros. El grito seco de terror, el mismo así haya
decidido cambiar la costumbre de ser y existir. Se aferraba de algo más que una
simple úvula. No quería mis palabras, no quería mis actos, no quería todo lo
que ya era. En exigencias y objetividad, desmintió mi realidad. Aplicó corrosivo
sobre mi constructo de ideal, sobre mi constructo de “ser hombre”. Era tan desgarrador
asimilar la mentira del hablar, del actuar, del indagar. Que, una vez
entendido, simplemente dejó un cascarón hueco a su paso. Uno forjado con tanta malicia, ignorancia y
misoginia.
Descubrí mi gusto
por explorar, descubrí mi satisfacción al vestir de colores, descubrí la doble
cara que está sujeta a una balanza hecha con acero putrefacto. Descubrí la
surrealidad de la situación, vagamente mis cuestiones acerca de un sistema hacían
más preciso mi deseo de deshumanizarme justo de la enseñanza a mano de una
mente soberbia que como muchos. Nunca es suficiente.
Cierta catarsis
era inimaginable, era una convergencia comparable a la del deseo, a la de la
pertenencia, pero llevado de forma menos física, teniendo únicamente en común,
la intensidad de sensaciones por fin logradas, por fin entendidas. Bajo el
manto del prejuicio, de la desdicha y la soledad, motivado por la curiosidad de
comprender a quien realmente me dirigía. Si era yo, u otra capa; fruto del egoísmo
de alguien más, siendo que a su vez me hice consciente del hecho de muy
probablemente pertenecer a esa cadena trófica de odio y dolor. Vislumbré al sufrimiento como parte del
proceso que construye. No el sufrimiento que violenta, no el sufrimiento que
hace llorar, no del sufrimiento que precisamente deba ser el óleo de cualquier artista
desconocido. Simplemente era el medio por el cual mi orgullo aceptaba a duras
penas que mucho de lo que fui, de lo que dije, de lo que hice, de lo que creí
no era más que una ilusión. Una idea desechable en la interminable hambre hasta
la saciedad. Tan precariamente humana,
tan poco asimilable, tan escasamente funcional.
No hizo falta
mucha labor de campo hasta apreciar de cerca, cada contagio de lo que una vez
me acogió como realidad. Era evidente en
todas partes, en todas las personas, en lo que llevaba arrastrando cual
prisionero en labores forzadas. El
respeto, el amor, la justicia parecían expresar pobres rastros de avance. La
moral ya era un descuido que se había arraigado de lo más vulnerable del ser,
de su mente. Casi por obra de algo más, entre mi asombro de la idea que todo
era un rompecabezas unido, con el objetivo de destruirnos cada vez más por
dentro.
El que la justicia por mano de la obviedad popular se vuelva la saciedad de
alguien más, que la equidad sirva de discurso político para cualquiera que se
quiera hacer pasar por el nuevo Jesús, que la voz de muchos y de todos se volviera
la burla. Era producto, era parte del sustrato de civilización que hoy día
percibimos con una peligrosa tranquilidad, mejor dicho, miedo; sobre la vasta
cantidad de nombres que ya no volverán a disfrutar lo que es un atardecer en otoño. Lejos de cualquier forma escurridiza de apego
al ahora “mi pasado”; quise reivindicar lo poco que quedaba de mí. Con las
palabras en lengua de lo que alguna vez me dijo el psicólogo, con el recuerdo
instantáneo y fugaz tal como secuencia retrospectiva de cine. Me dije a mi mismo de una vez por todas que
nunca era demasiado tarde para empezar a hacer las cosas bien. Que la
frustración, el miedo, la envidia, la avaricia, el odio, la furia, los
prejuicios, todo lo que alguna vez conformó mi existir sólo serían las zozobras
de un cambio. El deconstruirme pese a todo el llanto que desencadenó tal liberación
de conciencia, pudiera simbolizar de manera romantizada el proceso de la construcción
de la persona que siempre debí haber sido. Indiscriminadamente retroalimentar
mi duda, las formas de amenizar el mundo para quien pudiera tener esperanza aún
teniendo el acecho de lo que nos ha mantenido cautivos por decenas de siglos.
Honestamente aún no sé cómo pudiera funcionar un desastre tan marcado de esta
magnitud, tal vez me falte vida para siquiera marcar mi huella en el cambio;
realmente nada de eso podría tener relevancia pues, el conservarse, el manifestarse
como ente, como crucifijo del cambio. Aleja totalmente el propósito de mis
nuevas influencias. No veo necesario que la gente crea en alguien para sentir
empatía por cierta idea o circunstancias. Simplemente sería inefable percibir
algunos destellos de autonomía, dentro de su capacidad de entender que la moral,
la percepción, el contexto y lo que llamamos “justicia” hoy en día, son arquetipos
sustanciales de errores humanos, simplemente sería lo que me gustaría sembrar.
Aún sabiendo que no soy perfecto y que cometeré errores. Fue esta
responsabilidad la que me regresó la libertad que por derecho tengo pero que
por “voluntad de Dios” asumí sumiso como todo el mundo. (?)


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