Diario de Diego IV.


Ha pasado un poco de tiempo, realmente he estado evitando el si quiera escribir más de tres renglones; ha sido muy extraño el último mes, en un abrir y cerrar de ojos estoy a nada de cumplir veinte años. No significa nada en particular, simplemente que no me veía llegando a dicha edad de esta manera. Pienso que siempre puede ser peor, y no sé ´por qué pasó, posiblemente ya ni lo recuerde, aunque tengo las sospechas de que me dejé llevar demasiado, descuide tanto mi ser, aunque no del todo es pérdida, dentro de mi círculo vicioso, rutinario y gris pude vislumbrar un poco de verdad, de conciencia inútil para alguien que se queda encerrado todo el día hasta el anochecer, pero útil para alguien opuesto.
Me subo a la báscula, habían pasado tres semanas, el agua no era un recurso constante ya, ni si quiera supe en qué momento dejé de acabarme un garrafón cada tres días, repentinamente y extrañamente, se mantuvo con agua poruna semana y media; ¿mi vaso donde me servía agua cuando corría? Cierto, aquel miércoles después de clase lo dejé en el aula, en un suspiro de apatía y pereza pensé: Igual ya no tomo tanta agua, tal vez alguien la guarde y la deje en la vitrina de los libros.
Se hizo costumbre amanecer diario con la garganta irritada y reseca, con la más mínima posibilidad de entonar un do cuatro con un apoyo estable. La sed abundaba, parecía que con un trago todo se estabilizaría, con el vaso en la mano merodeo la sala del departamento, veo el amanecer, ni si quiera tenía clase ese día, pero ahí estaba, reseco, deshidratado, pensando vagamente en mi sueño erótico de anoche, con toda la preocupación del mundo por haber vivido una semana en automático y recién percatarse del día: De nuevo regresar para Toluca.
Empaqué lo que a partir de ese día sería lo de siempre, audífonos, cargadores, hierba, pipa, canas, filtros, grinder, ropa, etc. Mi teléfono apenas caliente por el carente contacto que había tenido con él, cuando mucho era el entretenimiento mientras cocinaba o barría mi cuarto. Noto una cantidad de notificaciones, conversaciones relativamente normales que terminaban en mi ausencia, algunas de hacía apenas media hora, otros de hasta cinco días. Medité y llegué a la conclusión de que no tenía nada de malo, cada quien sus tiempos pensé entre dientes.
Al ver el resultado de la báscula me percaté que había roto récord, sesenta y ocho kilos. Me miré al espejo y no parecía haber cambio significativo, sólo más flaco, menos músculo también, lo poco que pude hacer en los 4 meses de gimnasio se había ido. El cabello era inusualmente largo pues no acostumbro a tenerlo más allá de un número tres. Me decidí a dejarlo crecer, hasta que fuese largo o hasta que comenzara a verse gracioso, aún me sorprende lo incómodo que puede ser el hecho de que te pique los ojos a cada rato.
Notablemente mucho más débil, me fatigaba al subir escaleras, mis brazos ya no servían para cargar nada, era una delgada figura que poco a poco se iba desvaneciendo por la dieta de una comida al día hasta las siete de la tarde noche, un menú un poco peculiar: arroz tipo coreano enrollado en alga, tacos de frijol o pasta al pesto. Aditamentos poco nutritivos, ni si quiera aportaban demasiada energía, era como solo comer para sobrevivir, el gusto del paladar había sido excluido y la hierba que fumaba tampoco me causaba mucha hambre en realidad.
Al percatarme de los hechos, en mi cabeza resonaba algo que había dicho el roomie odontólogo: << La hierba hermano, te hace enflacar porque cuando te deshidrata y ya no tiene de dónde agarrar agua, empieza a jalar de otros lados haciéndote perder peso.>> ¡Eso era! Aquella afirmación era mi realidad ahora. Había perdido a causa de mi excesivo consumo de cannabis diario. Ni si quiera con el ejercicio había bajado tanto tan rápido.
Comencé sentirme mal pues todo este tiempo había tenido costumbres bastantes sedentarias. Mi rutina era solamente la escuela, antes y después debía haber por lo menos un porro. Me di cuenta que la hierba del nuevo dealer que conocí, no me daba hambre, me mantenía “satisfecho” la mayor parte del día hasta que se terminara el efecto. Para ese entonces ya debía estar durmiendo sobre las cobijas.
Poco a poco la costumbre de mantener limpio por lo menos mi cuarto me iba distanciando de algún episodio de distimia pues mis pensamientos no eran muy positivos que digamos. Resulta que, entre el hambre y el efecto del THC, agregando cierta deshidratación. Los sueños se volvían inusualmente más pesados, largos, hasta cansados. (Creo que poco a poco mi cuerpo pensó que era malo dormir porque al contrario de reponer algo, parecía afectarme cada vez más, llegando a un promedio de cinco horas por noche, ni más ni menos.)
Me planteé luego de un mes, tratar de controlar esa parte destructiva de mí, pues no era la hierba en sí, era el motivo indirecto por el que lo hacía. De alguna forma me despegaba de mi sensible receptor de ansiedad. Pensé, tal vez sin ansiedad pueda ser mejor. A final de cuentas medité el hecho de que hasta lo que consideramos malo, pudiera ser vital para el equilibrio de las cosas pues pareciera que cada emoción fuera paralelamente encargada de contener a otra u otras.  Luego de dejarme llevar de sobremanera e igual despreocupándome de todo a causa de la ausencia de ansiedad me sentía derrotado pero esta clase de situaciones siempre esclarecen algunas cosas, no sé si fue la ansiedad o mera suerte que en dicho momento se me ocurriera alguna idea productiva, tal vez la resiliencia. 
II
Hacía frío, la inmensa y áspera oscuridad de recientes tiempos complicaba un poco la respiración, pero no ciertos instintos. Curiosamente despertaba necedad, intriga. La sarta de formas subjetivas de placer se postulaba cada vez más evidente, no me mentía, lo sabía y lo ignoraba.
Pasaban las horas y sin más pensamiento ni palabra apareció.  No sé si era ya el tiempo sin darme ese lujo o si solamente entendía alguna clase de lenguaje entre líneas de los mensajes entrantes. Prefiero no inventarme más defectos por el momento.
El cielo opaco, la silenciosa calle de madrugada y solamente un par de luces rojas iluminaban la acera. Luego de una intrigante sorpresa, sonrisas, risas y bienvenidas entramos cómodamente al calor de la alcoba. Automáticamente había olvidado las supuestas intenciones pues se trata de alguien que hace fluir la plática.
Abrí una caguama mientras la plática seguía, cada segundo escuchando se sintió como si algo grande se estuviera abriendo delante de mí.  Surtió efecto la mezcla cerveza y marihuana, de alguna manera hubo trasfondo en esa sensación pues conocí mucho de una historia con muchos sueños por delante, convicciones y vulnerabilidades muy humanas que desconocemos con tal de no ceder daño alguno.
Mucho rato estuvo una temática sensación de seis octavos, mejor dicho, un acercamiento o también mera aflicción y nostalgia. Singularmente la música no tuvo mucho que ver, eran más las acciones que hablaban por los dos. Las penosas muestras de timidez que usualmente emergen de mí involuntariamente se hicieron aparecer. A medida que avanzaba, una ruidosa pero muda voz tomaba control de mis manos. Al percatarme de la naturaleza de los hechos, de cómo nos dirigíamos, de cómo nos sentíamos. Supe que había estado confundido y reprimido. No sé cómo describiría el tacto de la situación, pudiera decir: Diferente, enérgico, agresivo, lento, contemplativo y ruidoso. La transfiguración de ese contexto me hizo ver estas características como algo propio, como algo posible y comprobable. Sin tener en la mente la obligación de complacer a alguien. Solamente el converger con su espíritu, diferente a la idea tradicional de compartir, de afecto amistoso. Pero igual de gratificante.
Me doy cuenta de la esencia del momento al despertar, percibir el aire fresco de la mañana. Sin ninguna cadena soldada al cuello y con bultos en la colcha refresco mi memoria nuevamente. Después de un par de contemplaciones, la memoria muscular se hace ciega y por arte de magia me volvía a encontrar en la misma posición de anoche.
III
Recosté mi sien sobre la ventana del autobús. El pasto, los árboles en patrones sólo me despojaban del montón de pensamientos negativos, trataba de ensordecer a conciencia pues, el ruido de la terrible película con un inusual volumen alto hacía que no pudiera concentrarme, incluso llegaba a molestar. Sin música, ni audífonos solo me tocó intentar dormir. Mágicamente al cerrar los párpados, ya se hallaba cerca de mí la parada de autobús donde bajaba.
De camino a casa de mis abuelos, ya en Toluca. Pensaba sobre las personas que iban pasando al lado, tengo esa rara costumbre de ver a la gente que pasa, sin morbo, ni interés alguno en particular, simplemente intriga general. No era nada profundo sólo me imaginaba lo que pudiera ser de la persona en cuestión, digamos para no aburrirme la media hora que caminaría.
En esencia la calle se veía trise, las nubes grises y la acera oscura por la humedad contrastaban en el impulso de suspirar a cada rato. Me quedé sin qué pensar, quise ver mi teléfono, pero me agobió la cantidad de mensajes que seguía sin responder.
El invierno cada vez se acercaba más y yo al desacostumbrarme al clima de mi ciudad tuve que venir más tapado de lo normal (sólo con una sudadera extra). Repentinamente entre el frío y mi incertidumbre sobre el origen de mis pensamientos poco productivos, llegó una sensación que se retorció dentro de mí, con una amarga sorpresa disuadí de que me estaba deprimiendo. Reconocía lo que sentía y lo que significaba. Comencé a caminar en automático, ya sólo estaba a unas cuadras. Me preocupé por la posibilidad de recaer, aunque mi atención se vio más enfocada en la razón de todo.
Una vez instalado, entrando en calor olvidé mis distracciones por el hambre que cargaba sin darme cuenta. Al comer me percaté que era una cantidad inusual, Es decir, más grande. Sin importar mucho seguí comiendo. Instantáneamente sentí culpa, sabía que era otro síntoma. (A lo largo de días siguientes hasta ahora he tratado de controlarlo con apenas resultados recientes)

No tenía planes aparentemente. Decidí ver los mensajes y contestar, subiendo, bajando entre personas hasta que vi. Hacía tiempo había alguien que no había visto, por un segundo de nostalgia y emoción decidí invitarle a dar una vuelta.
Como de costumbre mis manos sudaban pese al ahora frio entumecedor, me ponía nervioso a cada minuto antes de llegar al punto de encuentro. No entendía por qué ahora era más abrumadora la sensación. Yo asimilaba las circunstancias y entendía el lugar de todo, pero algo de mí no quería entenderlo. Entraban en conflicto dos partes de mi cabeza.
No pasó mucho tiempo hasta que, a lo lejos sentada, encorvada con su inherente inclinación al negro, me acerqué. Era raro repentinamente sentir que su aura me iluminaba, era como retroceder en el tiempo, verme una vez más, de pelo necio, dientes torcidos, kilos de más y una inocencia frágil. Regresaba a cuando esa misma aura trascendía más allá de mis ojos.
Fue un abrazo involuntario, le miraba ciegamente su clásica sonrisa mientras trataba de comprender ¿por qué ahora? ¿Cuánto tiempo he estado solo? Tenía grandes sospechas que era meramente algo contextual, aunque realmente sigo sin tener prueba de ello, paulatinamente ignoré esas sorpresas pues creo que negarme a sentir no es algo correcto, independientemente de la duración del momento.
Era uno de esos momentos en los que percibes que alguien más te tiene y te sientes seguro. El calor del cuerpo eliminaba kilos de carga sobre mi pecho mientras que nuestros brazos flacuchos se tensaban sobre el cuerpo del otro. Una vez aterrizando fui consciente de la contemplación indirecta que le tenía a su rostro, el lívido contraste de sus ojos con el frío que parecían una especie de arma apuntando hacia mi cerebelo. Encantador pero aterrador en dicho momento.
Cómo era de esperarse, me quedé perplejo ante el descubrimiento de algo nuevo. Era la misma persona, los mismos ojos y la misma mirada, pero algo había diferente. (Mis manos seguían sudando.)
La cadencia de los pasos recorridos era ya un recuerdo, la conversación mantenía mi atención enfocada en un solo punto, constantemente me preguntaba a mí mismo lo que estaba pasando. Me di cuenta que no hay nadie como alguien que entiende lo que dices pese al contexto o a las innumerables palabras sin sentido que uno puede llegar a decir. Eso era esta persona. Viejos recuerdos y sensaciones volvieron a florecer, como si mi mente se hubiera mantenido bloqueada de cualquier contacto afectivo. 
Me mantuve mucho tiempo a flote hasta que vi el sol ponerse, inconscientemente predecía el fin de la visita. Medité sobre todo lo generado en la marcha de las calles recorridas. Internamente me vi imposibilitado a externar algo de mayor calor. El contexto, todo lo que sujeta a esta convergencia se veía poco alentador, así mismo comprendí que fue la sorpresa de varios meses sin rastro alguno. Al menos eso pensé.
Sin dejar a dudas, con la mente enredada y el corazón a una velocidad incómoda. Quise entrometer mi nariz entre la suya. Simplemente me dejé llevar, asimilé su presencia como la mejor en semanas. Porque fue muy diferente a lo que tenía pensado y porque se mantiene sorprendiéndome cómo todo sigue teniendo su lugar en mi cabeza. Como si de pronto sólo hubiera suspendido mi cuerpo un par de años.
Comprendí que el amor estaba muy transfigurado, su concepto, la concepción de éste, así como su longevidad. Con naturaleza limitada y una tendencia auto destructiva. Aspectos originalmente surgidos por las falsas ideas de los vínculos, tal vez incluso por la monogamia.
Pese a la afortunada terapia de atención, sigo corrigiéndome acerca de este cubo emocional. Es imposible ser y/o querer a alguien perfecto, pero de a ratos pienso que tal vez la perfección sea la catarsis de varios individuos enlazados. Contemplándose así mismos como organismos libres, así como a sus acompañantes. Meramente es una hipótesis, porque siendo honestos no conocemos a las personas en su estado simple, natural y autónomo. Osease no conocemos la libertad en esencia como para entender lo que sucedería después. Si este “nuevo origen” sea amigable con la actual percepción de la continuidad que tenemos o si simplemente todo tiende a terminar así.











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