Cielo.
Si las últimas semanas han girado en más de lo mismo, el cielo no tenía nada que esconder, ahora me había quedado sin premoniciones, cara a cara con la realidad, la que buscamos evitar, más como entes modernos que como entes deprimidos; no hay lugar donde voltees sin percibir una pizca de miseria, pues la bruma de vivir se hace más pesada con los anales de la sociedad. No hay necedad de buscar culpables.
Entre la gran variedad de problemas persistentes, yo me victimizaba por la carencia (según yo) de una compañía, ustedes saben, corresponder y se correspondido, cosa que, desde hace ya un tiempo, era un pensamiento degradado a través de aceptación y cambio de percepción. Y esto no es algo para que se compadezcan de lo que no tengo, es un mensaje para contar lo que he aprendido desde mi absurda necedad pasada de querer estar en alguien.
Han sido años un poco complicados, en los que, he tenido toda clase de pensamientos, sé que para muchos ha sido así, lo entiendo. Nos vemos en las personas que abrazamos. Estamos acostumbrados a sentir de manera exagerada, guiarnos por un instinto de anhelar emocionalmente una sensación, pero no estoy seguro que una virtud. Somos jóvenes, quienes me leen principalmente claro. Padecemos cambios en una época de tanta incertidumbre, donde ya no es suficiente estar pegado a un libro cuatro años y medio para tener una vida mejor, donde ya no es suficiente un salario estándar que cualquier empresa, institución o patrocinio podría ofrecerte y entonces pienso ¿Es cosa de pocos simplemente sentir que el mundo es demasiado? Yo creo que no, desobedecí al psicólogo al querer analizar lo que conllevaría la naturaleza que estamos siguiendo, pues era inevitable dejar de pensar, así como me lo sugirió él. Me hice la hipótesis de que no sólo debe ser algo del tiempo, todo lo que influye en el ser pensante, influye en su futuro.
¿Por qué quise depender de alguien? Llamaré así a lo que pensé sería un lazo inquebrantable, a la sarta de poemas y canciones que escribí, a la sagacidad de intentar que todo volviera a la normalidad. No delimitaré mis sentimientos pues hay mucha verdad detrás de toda la picardía que llegué a crear. Pero realmente además de comprender, me aferré a la extraordinaria sensación de que todo estaría bien, tal como una droga, me despojaba de una realidad, percibía una alucinación vivaz. No había nada más, estaba en mi momento, con una cegada sobriedad: conformismo, felicidad, había ganado la lotería. Pero cuando todo se fue, sólo quedaba algo que pudo haber sido el fin de mi autonomía. Necesitaba tal bofetada a mi súper yo. Me sentía bien a costa de una intercesión, pero sin eso ¿Qué era yo? ¿Había algo más que simples intenciones buenas y la “virtud” de querer bien a alguien? Realmente no. Hay una línea delgada entre un amor independiente donde todo funciona, donde todo es una cohesión de una catarsis llamada amor, un amor funcional a la comparación de la que tú, yo, tus amigos, tal vez tus papás sufrimos, denominada dependencia.
A raíz de la charla con mi psicólogo, pude ver que el lugar que no encontré con mis papás, con ciertos familiares, por azares de una constante variación de personas en mi vida, ir de aquí para allá, con este y con aquel, lo cual no reprocho y no reprocharé; Lo busqué con personas externas, personas que elegí y sin embargo de una u otras formas me hicieron sentir decepcionado, cosa que es asunto sólo de uno mismo. Me refugié en amistades, en una relación, en un amorío, que calmaba mi estrecha ansiedad de estar solo. No me arrepiento de la gente que he conocido, de la gente que se ha ido y mucho menos de la que sigue conmigo, pero a primera instancia, antes de que todo dejara de ser fácil, fue un chasquido de aberraciones cuando sentía cierta identificación.
Solemos sufrir por circunstancias pasajeras que uno mismo exagera, las personas, los eventos, el pasado, tanto que definimos culturalmente, lo que era querer a alguien. Si una persona debe dar lo mejor de sí para poder estar con otra, si nos dejábamos llevar por lo que podría ser la astucia de una cortesía, cosas realmente superficiales ya viéndolo desde ámbito interpersonal. Dejé de creer que lo bueno llega de una casualidad, que aquello que uno puede sentir lo define una mirada, tal vez estoy mal y estoy deshumanizando este hermoso concepto que nos ha motivado durante siglos. Pero siendo realistas, no hay algo mejor, y si lo hay tal vez no es para nosotros, tal vez no sea lo mejor para nosotros, la función y capacidad de una conexión se es más evidente con la cualidad de compartir tu persona sin esperar algo a cambio, por experiencia, es demasiado satisfactorio sentir y saber que alguien te mueve el mundo, pero es mejor tener la noción que éste mismo no acaba justo donde termina la última pulgada de su piel. Y sí, en algún punto ella me sonrío a cinco centímetros de la cara y yo no estaba preparado para lo que venía, pero vamos, con eso y con ayuda de mi psicólogo, vislumbré entre la crisis emocional, entre la tristeza, entre el cambio de carrera, que no sería la única persona que haría lo mismo, ya sea con todo lo que sentí en dicho momento o con alguien en una fiesta. Somos pasajeros, somos casualidad, somos la realización de todas las cosas malas en la existencia, qué sentido tendría si después de toda nubosidad, decidiéramos ser otra nube gris en el cielo, si en lugar de hacer las cosas mejor decidiéramos ensuciarnos las manos de lo que ya otros mataron. Yo ya no quiero parecer solemnemente fiel a las cualidades que los demás ven, sólo nací para recordarme a cada momento por qué estoy vivo, por qué debo sentirme vivo, con qué relajarme, alegrarme, enojarme, excitarme, sin complacencias para externos, sólo con mi entendimiento, el entendimiento que cada uno debe tener, para mover su realidad a un cielo despejado.


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