19
Creo en las lunas pasajeras saludándome desde lo alto del firmamento, algunas noches sonriendo algunas mirando con rencor. Siempre fue testigo de lo que pensé, sufrí y dije. Cuando nadie más podía percibirme en la oscuridad de mis cuatro paredes, cuando nadie más podía oír lo que reclamaba de la realidad latente.
Si bien empezó como el año de los cambios, como el año de la vertiginosa caída que atravesaba decisión tras decisión, rompía cada viga que pensaba me detendría. No empezó a cesar mi caída sino hasta que puse las manos en lo que me llevaría a otros rumbos, recuerdo mis dedos callosos y cansados al tocar la madera de mi bajo por primera vez, los sonidos en los que ahogué mis lágrimas, las frecuencias distanciadas en las que yace parte de mi mente.
Pasé una etapa en la que los anhelos se volvieron una ideología de mí mismo, lo que ahora creo y veo, lo que que dejé. Todas las penas en algún punto fueron catarsis en una eufórica carrera de diez kilómetros que se repetía día tras día, una motivación infame de querer perderme entre los metros que recorría, entre el ardor de mis piernas al exigirme que no siguiera más, lo pude ver en mi rostro, en mi cuerpo que perdió volumen de un mes para otro. Todo era una limpieza de lo que resguardaba en mi piel.
De repente sentía que descubría al sol cuando lo veía aparecer, me miraba al espejo y le gritaba con los ojos a mi conciencia, exigiéndole despertar del sueño inducido, de mi exceso de drogas y calmantes, realmente no estaba ahí por control, me perdía en el éxtasis de sentir mi cuerpo mutilado por cuchillas de papel. Tanto fue que perdí la memoria de los meses pasados, incluso la de los días recientes. Era un pecador no por una insaciable hambre de piel, sino por una insaciable sed de surrealismo. Me perdía en la oxitocina de mi mente, en la dopamina torpe que mis humos me atrapaban.
Mi incomprensible perspectiva del mundo y la vana idea de los deseos colectivos me hicieron tirarme al borde de una decisión sin retorno, un día de octubre con el cuchillo en la mano y la mirada perdida en el ocaso saliente, al sentir las voces mudas y las palabras de siempre, al percibir que el aire siempre sería frío, y relucir mi carente resiliencia producto de mis excesivos deseos de anestesia. ¿Moriría como un mártir? Tanto he pasado, tanto he querido, tanto me ha importado la gente como para terminar como un cualquiera, como un cliché de la vida moderna en el que cobardemente se rinde ante la bruma de una multitud dirigida, no quiero parecer un intolerante con los que buscan aquél camino, pero simplemente ese no era mi destino.
Hoy como la canción más bella, veo mi vida madurar, veo a mis manos acariciar la dulce membrana de las flores, sin temor a amar lo que creía perdido, sin temor a equivocarme por las decisiones que hago, afrontando mi queja y el estrés, poniendo un pie delante del otro aunque mis pensamientos me hagan dudar; quiero creer que es un juego en el que sólo mi perseverancia podría tomar ese rol del jinete. No necesito de un método externo para ser feliz, porque con hacer esa tarea con los demás me conformo. Es hermoso dibujar sonrisas al atardecer cuando quizá las tuyas se borran en la noche, siempre nos equivocamos, pero de vez en cuando olvidamos admitirlo.
Nadie merece sufrir de esa manera, pero dime estimado lector, cómo podríamos darnos cuenta de lo absurdo de la vida si antes no recibimos las caídas con el rostro levantado y los ojos vendados. Me tendrás siempre que quieras confiarme tus palabras, pues todos podemos ser felices en el extraño presente que la materialización nos dió.
Si bien empezó como el año de los cambios, como el año de la vertiginosa caída que atravesaba decisión tras decisión, rompía cada viga que pensaba me detendría. No empezó a cesar mi caída sino hasta que puse las manos en lo que me llevaría a otros rumbos, recuerdo mis dedos callosos y cansados al tocar la madera de mi bajo por primera vez, los sonidos en los que ahogué mis lágrimas, las frecuencias distanciadas en las que yace parte de mi mente.
Pasé una etapa en la que los anhelos se volvieron una ideología de mí mismo, lo que ahora creo y veo, lo que que dejé. Todas las penas en algún punto fueron catarsis en una eufórica carrera de diez kilómetros que se repetía día tras día, una motivación infame de querer perderme entre los metros que recorría, entre el ardor de mis piernas al exigirme que no siguiera más, lo pude ver en mi rostro, en mi cuerpo que perdió volumen de un mes para otro. Todo era una limpieza de lo que resguardaba en mi piel.
De repente sentía que descubría al sol cuando lo veía aparecer, me miraba al espejo y le gritaba con los ojos a mi conciencia, exigiéndole despertar del sueño inducido, de mi exceso de drogas y calmantes, realmente no estaba ahí por control, me perdía en el éxtasis de sentir mi cuerpo mutilado por cuchillas de papel. Tanto fue que perdí la memoria de los meses pasados, incluso la de los días recientes. Era un pecador no por una insaciable hambre de piel, sino por una insaciable sed de surrealismo. Me perdía en la oxitocina de mi mente, en la dopamina torpe que mis humos me atrapaban.
Mi incomprensible perspectiva del mundo y la vana idea de los deseos colectivos me hicieron tirarme al borde de una decisión sin retorno, un día de octubre con el cuchillo en la mano y la mirada perdida en el ocaso saliente, al sentir las voces mudas y las palabras de siempre, al percibir que el aire siempre sería frío, y relucir mi carente resiliencia producto de mis excesivos deseos de anestesia. ¿Moriría como un mártir? Tanto he pasado, tanto he querido, tanto me ha importado la gente como para terminar como un cualquiera, como un cliché de la vida moderna en el que cobardemente se rinde ante la bruma de una multitud dirigida, no quiero parecer un intolerante con los que buscan aquél camino, pero simplemente ese no era mi destino.
Hoy como la canción más bella, veo mi vida madurar, veo a mis manos acariciar la dulce membrana de las flores, sin temor a amar lo que creía perdido, sin temor a equivocarme por las decisiones que hago, afrontando mi queja y el estrés, poniendo un pie delante del otro aunque mis pensamientos me hagan dudar; quiero creer que es un juego en el que sólo mi perseverancia podría tomar ese rol del jinete. No necesito de un método externo para ser feliz, porque con hacer esa tarea con los demás me conformo. Es hermoso dibujar sonrisas al atardecer cuando quizá las tuyas se borran en la noche, siempre nos equivocamos, pero de vez en cuando olvidamos admitirlo.
Nadie merece sufrir de esa manera, pero dime estimado lector, cómo podríamos darnos cuenta de lo absurdo de la vida si antes no recibimos las caídas con el rostro levantado y los ojos vendados. Me tendrás siempre que quieras confiarme tus palabras, pues todos podemos ser felices en el extraño presente que la materialización nos dió.


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