Lo que tenemos, este momento.

En lo más alto de las colinas, a un lado del césped rojizo, entre los abetos, no muy lejos del horizonte, tal vez sentí aquel aire de fructosa y vi el espejismo seductor de los primeros alientos matutinos. Con la perspectiva necesaria, noté desde el pico los reflejos de charcos, miraré mi reflejo, una vez más, perplejo del anhelo, de los sueños, del amor, decrecerá la peste, morirán las pesadillas.

En instantes la lucidez la percibía como un pre orgasmo, libre de toda pena, de todo augurio, en la banca eterna; a contra luz el sol destella calor, la piel morena como azúcar se derrite. El suspiro tan pesado se siente, en un intento de acariciar una pierna invisible a mi lado, siendo testigo del nuevo mundo, recordando con nostalgia las voces y los nombres, el frío aire que se va, el aroma de las prendas, los abrazos ausentes.

Aún con la poca fe en el pecho, aún con la lengua enredada en los pensamientos, hay algo que me devuelve el aliento del otoño, una de esas casualidades que no se repiten, una de esas primeras veces que con encanto y gracia se cuelgan de tus pupilas, y es cuando la luna más brilla, cuando el frio canta, cuando esperas el amanecer, tiene nombre y presencia cuando giras tu cuello cansado y sabiendo que estás solo, mirando al ventanal, al final no importa cuánto lo evite, siempre habrá lugar en mi brazos, conociendo, sabiendo que todo lo que tenemos, es este momento.


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