Cliché en la Alameda.

Fue un cliché en el anochecer de la Alameda, la expectativa un poco delgada por los brutos pensamiento del relato reciente, era como un día donde todo es gris, la acera no entiende la emoción y la gente parece mirar más meticulosamente hacia enfrente, sesgados por algún tipo de magia que se hace presente únicamente cuando todo es difícil. Veía los pasos de baile de la gente en la explanada, bailando al son de música totalmente diferente a la que yo tenía en mis audífonos, las notas séptimas de mi acostumbrado gusto azul por las canciones, se hacía notar y difería entre el entusiasmo del público. En el momento de disolvencia, las marchas apagadas, el sudor y el cansancio, eran la melodía del momento. Seguía esperando, viendo el reloj tantas veces como podía, perdiendo un poco la calma y presionando la prisa, aunque reprimiendo todo lo negativo, como he hecho desde un tiempo hacia acá. Fue cuando después de más de un mes volví a ver esa silueta, con ese vestido tan lindo que siempre adoré sobre su cuerpo. Tenía la mano apretando mi corazón, en mi mente sabía de todo lo que representaba mi impresión ante esos detalles. De la nada me extrañaba, El por qué me gustaba que fuera así, el por qué estaba tan optimista, algo nuevamente brotaba de mis entrañas, moviendo toda la cadena de engranajes hechos polvo y atascados por el óxido. ¿Qué era eso que provenía de lo más profundo de mi inerte ser?, algo que me asustaba al pasar de los segundos, algo que me hacía sudar la espalda y apasionaba mi razón; de nuevo todo andaba en marcha, llegué a sentir un poco de estrés ante la magnificencia del momento, como un rasgueo largo, mi aliento se fue desvaneciendo con la situación, nada nuevo en particular, cerveza, ella, música que nos gusta, un caluroso ambiente. Conforme empezó Charlie Rodd, todo rastro de la ansiedad iba desapareciendo. ¿Qué más podía pedir? Estaba en el cielo, no lo medité en el momento, aunque también me siento dichoso por todo lo que he compartido con otros, y no es por mal agradecido, me sentía especial, me sentía ligado a un bello recuerdo en el que todo mal era nulo y mi sonrisa de oreja a oreja no paraba de ceder. Será que nunca pude dejar lo que había quedado, siempre me di por vencido, pero esto, no quiero dejarlo, porque tengo la certeza de que lo amo, de que esperaría un mes y medio y cuando por fin estuviese ahí, la trataría como si nada hubiera pasado en sí. Creo que podría hacerme aburrido siempre siendo así, alguien que tomara sin problema las cosas, pero ¿Qué más podía hacer? Es un instinto el que me llama a comportarme de tal forma. A mirarle, tratar de estrujarle tanto tiempo para que su perfume quede impregnado, a besarle y no querer parar nunca, congelar el momento y enmarcarlo en una exposición de arte. Jamás puedes olvidar, lo que en verdad amas.

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