Venus.
Caminaba por la calle de siempre, caris bajo, con comida
entre los dientes, pensando de mil y un maneras la autenticidad de todo esto:
Amor, relaciones, sinceridad, etc.
La noche era más negra que lo acostumbrado. No sabía lo que
hacía, no sabía si estaba bien, sí era un hijo de puta o un bastardo. Perdía mi
tiempo en ello, cuando en realidad nada importaba, nada se arraigada en las
venas por algo más que una razón.
Todo era instinto, todo es parte de la cadena en la que el
espécimen debe sobrevivir como dé lugar; tener necesidades explícitas en un
mundo de sabores y colores.
Negaba la naturaleza que debía tener, reprimía los actos que
escaseaban en mi vida.
No debía conquistar unos ojos y una cabellera, debía domar
un corazón, qué tal como ninguno, con un código variado de infinitas
combinaciones. Descifrar el patrón en las miradas, en la forma que cruza las
piernas, quizás también en cómo me miraba los labios cuando hablaba.
Seguía escuchando la música de siempre, pensando y pensando,
carcomiendo mi mente, estipulando teorías, concretando argumentos. Me detuve
unos segundos pensando en lo que la gente dura en tu corazón, la validez de las
cosas orgánicas, la noche parecía consumirse, yo era alguien nuevo, dominando
las reglas del mundo venidero.
Los químicos son la base de la razón, en la basta atmósfera
que tenemos, es quizás más allá que una simple suposición, la naturaleza del
pecado es propia de una especie con consciencia.


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