Mu.
Sin temer al vacío de la noche, observaba con rencor el pasaje de la
silueta, una lágrima brotó de mi ojo izquierdo, era tan cálida que aclimató mi
alma muerta, tenía la sensación de haber hecho todo para nada. Hoy era otro de
esos días en los que me encontraba exhausto, sin entender de qué, me pesaba mi
mortalidad sobre mis talones. Seguía dudando en saber si habría hecho bien con
dejar a Nat de esa manera, sin pensarlo, la culpa me carcomía los huesos.
Apagué mi mente.
Me levanté con fuerzas, no tenía ni ideas de cómo llegué a mi casa, quizás
mi agobia era tal, no lo sé, hay veces en las que el cuerpo actúa en
automático.
El sol resplandeciente se asomaba por las ventanas de la sala, la cual se
podía ver desde mi habitación.
Me dirigí enseguida al cuarto de mis padres… Nada, otra vez, un papelito
sobre la tendida sábana. No dudé en tomarlo y abrirlo para leerlo ahora sí.
“Hijo, perdóname tanto, he perdido la
cabeza, no sé cómo es que puedo ser tan infantil, olvidándote. Sé que ya eres
un adulto, pero aún requieres de mí, por tu bien, por tu escuela….
Justo ahí se me atoró un gran trago de saliva, ya no podía regresar a la
escuela, vaya que tengo muchas cosas que decirle…
He decidido poner los pies en la
tierra, tu madre se ha ido, y debemos acostumbrarnos a tenernos el uno al otro,
fui a trabajar, no estaré uno días por lo mismo. Te dejé dinero para lo que
necesites, éxito en las clases señor Psicólogo.”
Nuevamente quedé atónito, no me extrañaba el que se largase por cuestiones
de trabajo, si no por lo de: “Señor Psicólogo”. ¿Entonces se supone que era una
escuela para psicólogos? ¿O quizás para más profesiones? Sería muy excesivo que
tanta gente fuera psicólogo, con mi poca razón puedo decir que no habría
trabajo para todos.
Me estiré hacia todos lados, me encontraba un poco exhausto todavía. Fui a
tomarme en la ducha, me desnudé frente al cancel cuidadosamente, perpetuando mi
cuerpo descubierto en el espejo, me acaricié el pecho intentando consolarme a
mí mismo.
El agua impactaba cual granizo, causando un ruido escandaloso en mi mente, la
imagen de interferencia de la televisión nublaba mis intentos de alguna
solución. No dejé de pensar en Nat, en la sombra de ayer, incluso en Annette.
Había dos correas atadas a mi pecho, cada una jalada por una mano, una que
me estaba descubriendo y la otra que terminó odiándome por dejarle de la nada.
No me siento nada orgulloso, es como si jamás lo hubiese superado, solamente
hundí más el barco. Por un momento, el agua se convirtió en medio para llevarme
a recuerdos vagabundos de mi alborotada memoria.
Sí, podía ver las tardes sentados en la gran cabeza, mirando el horizonte,
sus dedos recorriendo mi pecho, las caricias de cabello, esa sonrisa coqueta,
sus sorpresivas miradas retadoras, seductoras. La vez que ella se acurrucó en
mis brazos, haciéndome ver que jamás se iría, que nunca me abandonaría, ahora
yo soy el que hizo eso.
No pude más, me puse de espaldas en una de las paredes de la regadera, me
deslicé hacia abajo, solté el llanto, solté las penas que me mantenían ligado
al concepto de Natalia.
Mis lágrimas se mezclaban con las gotas de agua, con la corriente, sentía
la calidez que tanto necesitaba.
Tomé mis prendas, salí desnudo del baño para tumbarme en mi cama, dejándome
al descubierto, que él, quien todo lo ve, se fijara en que no me apenaba
exhibir el cuerpo que me aventó como pan a los cerdos.
Dormí profundamente.
Lo primero que oí, fue mi celular, una notificación aparentemente. Un
mensaje de Nat.
“Estuve pensando en ti, creo que
deberíamos hablar, si puedes hoy en unas horas estaría perfecto, claro si
quieres venir…”
Resalté de mi cama, rápidamente contesté que la vería, me mandó una
dirección, entonces con ayuda de la computadora quizás pueda llegar, tomé mi
ropa, me vestí.
Ansioso, solamente veía los minutos hacerse horas, tenía claro que quería
verla, pero no consideré lo que le diría. Es lo de menos, supongo.
Quedé atontado entre posibilidades imaginarias, si cambiaba el orden de las
palabras, lo que le diría, incluso el tono con el que le hablaría.
Sólo faltaba media hora para recibirla, sin perder tiempo, corrí en
dirección a la parada de autobús, esperé con los dientes rechinando. Al
aproximarse se apreciaba que se encaminaba demasiado lento. Bajé mis pies a la
normalidad; era sólo mi ansiedad que alteraba el tiempo percibido.
Cuando subí, me llegó una extraña somnolencia, cada hormona de mi cuerpo
agotó mi energía; arribó de manera asertiva, acortaría el desplazamiento hacia
la ciudad.
Ascendentemente un timbre quebró mi descanso, aún con la torpeza del
despertar agilicé mis manos para efectivamente notar que Natalia había escrito
nuevamente; al desbloquear el móvil, leí una dirección, aparentemente era donde
la vería.
Mi estómago seguía revoloteando por ahí, sin mirar hacia otro lado más que
en dirección a los autos, edificios, etc. Después de un agobiante trayecto,
llegué a mi punto de partida, la vieja escuela.
Caminé en dirección derecha, esperando recordar el nombre de la calle y las
referencias que había mandado, mi voluntad se aceleraba cada vez más.
Detuve brevemente, respiré profundamente, me sentí obstinado a buscar y
hallar las señales. Transcurrieron algunos segundos con mis pasos acelerados,
en mi cabeza eran minutos, la caminata pronto se convirtió en una carrera, sin
enfoque perdido, girando la cabeza de extremo a extremo, mirando nombres de
calle. Pisé freno bruscamente; no tenía idea de dónde estaba, pero había
llegado, observé minuciosamente, sentada en una banca de metal, el sol del
atardecer calentaba mis pulmones, respirando aire reconfortante.
Acerqué mi cuerpo directo a su posición, la ventisca peinaba mi largo
cabello, besaba mis mejillas. La luz naranja combinaba bien con mi confianza,
aunque dentro de mí yo no mandaba, sigo el amor de alguien que ya murió en este
cuerpo.
Mi entusiasmo crecía precipitadamente, al poco rato de correr ya me había
desvanecido. Llegué al punto de arrastrar mis pies sobre el pavimento,
obviamente Nat me escucharía y voltearía.
Finalmente se percató, se volteó de un jalón, una cara de lamento y los
ojos incrustados en los míos, era mi momento de arreglar todo.
Hey… Te he echado de menos, eres un cabrón difícil de olvidar. –
Lamento que todo tomara un rumbo totalmente distinto, sólo quiero hablar
para establecer todo. –
Te he citado para algo más que aquello, tengo que decirte esto porque en
ningún otro momento se podrá. –
Mi sangre se heló en dicho momento, la incógnita más grande que había
pasado por mi cabeza, tragué saliva, acaricié mi cuello señalando ansiedad. De
la nada, en mi mundo, en mis neuronas, la melodía más entrañada en mi
conciencia, lo pude sentir en mi corazón. Los presagios se volvían agobiantes, salió
sin soga que lo mantuviera amarrado, fue Melpomene.
Se recogió su cabello, haciéndolo hacia un lado, suspiró profundamente, su
voz comenzaba a quebrarse a medidas que titubeaba para expresar alguna palabra.
Pude ver una lágrima recorrer su mejilla, lentamente su alma se despegaba de mi
razón, estaba muriendo para mí y a la vez me mataba.
-Diego. Ya no quiero verte más. Estuve pensando bastante en ti, jamás logré
quitar tu piel de mis manos, tu mirada de mis córneas, tus caricias de mi
cuerpo, ni tus labios de los mío, he visto que has cambiado, te convertiste en
un hombre totalmente diferente, no eres ya la persona que alguna vez observé
con amor y deseo, porque nosotros éramos eso, solíamos ser hielo y fuego
cruzarse, significabas todo lo que busqué, a pesar de tus defectos y de los
míos, logramos prevalecer, porque fuiste tú quien me revivió para después
apuñalarme. No me arrepiento de todos nuestros momentos, no pudo ser mejor con
nadie más, te lo juro. Para mí es imposible decirte adiós, pero ya no tengo
tiempo y deseo irme con la consciencia limpia. Quiero que sepas que siempre te
amé, jamás me cansé de hacerlo inclusive cuando me abandonaste destrozada en
los pasillos. – Dijo con apenas fuerzas para finalizar.
Ni siquiera tomé en cuenta de ya sé mi nombre, ya soy alguien, pero, ¿Por
cuánto tiempo?
Simplemente estaba siendo torturado, llovían gotas de fuego, me quemaban la
piel y los recuerdos, estallaban mis pulmones en llanto escondido, agitándose
por la presión que ejercía al contener mis emociones.
-Nat… No entiendo nada, sé que no soy yo, pero, no tenemos que llegar a
esto, aún hay tiempo, si nos damos la oportunidad de…- Dije con las penas en mi
cogote antes de ser interrumpido de golpe.
-Diego, moriré en unos meses, me estuve sintiendo fatal, mi corazón ya no
late como antes, se carcome a medida que pasan los días, se añeja, se pudre, no
puedo hacer nada al respecto más que sentar a apreciar mis últimos días. Quiero
abandonar esta vida plenamente, sin preocupaciones, sin aberraciones, y sí, al
final es duro, pero también quiero irme sin ti. - Argumentó
Se levantó de la banca, por reacción imité su acción, teniéndola de frente
dirigí mi mano a su mejilla, acariciándola por última vez; ahora entiendo todo,
ella no estaba muriendo retóricamente, de verdad ascenderá hacia la muerte y lo
único que pude hacer fue hacer que su partida al más allá fuese una
mierda.
Ella simplemente agarró mi mano, estrujándola contra su mejilla, dando a
entender que me extrañaría, yo quería pensar eso.
-Te lo iba a decir, pero, sucedió todo,
creo que tenía que pasar así e irme sola sin nada atrás de mí, ahora puedes ser
la persona que quieres ser. – Dijo retirando mi mano.
Se acercó hacia mí, alzó mi cabeza y me pegó un beso delicado. Después, sólo
la vi irse, con toda una historia detrás de ella, con mi antiguo yo, no sé
hasta cuando me tocará verla otra vez, según dice que ya no más.
Se contrajeron mis pulmones de dolorosamente, el dolor regresaba con
fuertes cólicos momentáneos, era el final de dos semanas en mi conciencia, pero
para el Diego real, un ciclo. No hice mi mejor esfuerzo por controlar los
sucesos de la vida, pero simplemente llegué sabiendo nada, arribé posiblemente
con la misión de estropear todo.
Casi con el aliento desaparecido, suspiré fuertemente lastimando mi
garganta, tragué saliva, miré al suelo, se podía apreciar un charco, veía mi
rostro con claridad, comenzaban a marcarse las ojeras que alertaban mis lágrimas,
sin tener el control de mi cuerpo caí en rodillas, empapándome las piernas de agua,
el frío provocó que por lo menos me sintiera todavía en la realidad.
No era buen momento para tener una visión del pasado, pero así ocurrió,
como de costumbre mi amiga oscuridad se apoderó de mis ojos, el dolor que me
quería causar era impresionante; un catálogo de numerosos recuerdos, en los
cuales Nat era protagonista, no sabía si estaba llorando, pero cada anécdota quebraba
mi cuerpo poco a poco.
La vez que insistí para que un agente viera el talento de ella al cantar,
según observé, le pagué, para que le diera una oportunidad a mi chica, juraba
que sólo le di unos billetes y así no hiciera muecas tal como la vez pasada, al
final él la volvió a rechazar, di mi dignidad por ella, no resultó, aun así, su
sonrisa destacó al saber que tendría una oportunidad más.
La vez que en su casa nos recostamos en su casa para escuchar música y
brindar con copas de vinos, aquella canción que deslumbró la velada, Hoy Te Vi; extraño ver que los sofás
desocupados, éramos felices en la alfombra, velas actuaban como reflectores,
hablando de sus sueños, del día en el que nos casaríamos, las aventuras que
tendríamos al permanecer unidos, juré que todo iría bien, claro, efecto del
alcohol, el vino siempre fue mi debilidad.
Iba saltando en las memorias; llegué a aquella noche, un bosque de coníferas,
frío insoportable, ramas y árboles por doquier, salí por la puerta de la tienda
de acampar, era el mismo lago, el mismo bosque del recuerdo que pasó en mis
primeros días de vida, ¿Cómo pudo cambiar todo? Entonces mi cerebro es una trampa,
pensé haber visto a Annette, en realidad creo que todo cambia de acuerdo a lo
que siento, ¿Será que mis visiones y mis momentos cronológicamente imposibles
eran falsos? ¿Mi engañosa mente me envolvió en la droga de recordar y percibir?
¿Nunca volví a nacer? ¿Qué fue el día que todo era blanco?
Atónito, abandoné mi llanto, mi nublada vista se recobró, todo era más real
que nunca, creo que había pasado la prueba o no sé. Sólo sé que he perdido el
motor de mi vida, lo último que obtuve fue ese beso, después ella morirá,
cuando eso pase, de cierta manera yo también lo haré.
Regresé eufóricamente a casa, de nuevo, la veía vagamente, cada calle era
su silueta pasando, éramos nosotros charlando, éramos nosotros riendo, éramos
nosotros haciendo lo que mejor se nos daba entre dos, querernos.
No me importó nada, empujaba gente, me abría paso entre las multitudes de
la ciudad, no lograba cansarme porque sabía que me encontraba cerca de algo
nuevo, de un porqué a esta pesadilla.
Ya en el bus, ansioso movía mis piernas repetidamente, rascaba mis dedos
entre sí, mordía mis labios, observaba a todos y simplemente sentía al tiempo más
pesado que de costumbre, me puse mis audífonos, quizás Radiohead me ayude a
sobrellevar la prisa, puse las pistas aleatoriamente, cerré los ojos por unos
momentos, cuando menos me di cuenta, me encontraba a unos metros de mi bajada. Estrepitosamente
salí echo un bólido del autobús, tomé mis llaves para insertarlas en la reja,
mi impaciencia hizo que cayeran varias veces, corrí como nunca hasta mi casa, entré
de una embestida a la puerta, me dirigí a mi cuarto, tenía las palabras de mi
madrastra, “eres un drogadicto”. Reuní las posibles alternativas para dar así
una hipótesis, pero debía estructurarla ahora.
Levanté muebles, sillas, mi ropero, hasta que agotado miré mi cama, quité
el colchón, en las maderas se hallaba un compartimiento secreto, abrí
cuidadosamente. Un bote de al parecer píldoras, y una nota escrita. No me fijé
en lo que contenía el botecillo, estaba ya vacío, he de suponer que era alguna
pastilla para dormir no lo sé. Comencé a reír de locura, por fin había
encontrado la respuesta, sólo faltaba leer la nota. Al desdoblar me percaté que
la había escrito yo.
“Padre, madre, Nat, y los otros imbéciles.
La verdad escribo esto porque en cualquier otro estado que no sea ebrio, no lo
haría, así que, aquí voy; a lo largo de estas deprimentes semanas supe que los
odios, me brindaron amor, lo reconozco, pero nunca pude brillar como tal,
extinguieron esa llama en mí al alejarme de mi escape a la realidad, me
obligaron a ser amarrado con correas mientras escuchaba el parloteo de un
tarado tratando de hacerme sentir mejor, cuando yo, ya no puedo estar mejor, ya
no más, he alcanzado mi límite, y quiero despedirme, si alguna vez los traté bien,
aprécienlo, era lo que aún quedaba de mí, porque ahora yo sólo quiero morir.
-Atentamente, Diego, espero me olviden pronto,
porque si es que hay otra vida, yo no los extrañaré. – “
Mi boca se mantuvo abierta por un buen rato, realmente era un monstruo que
tenía que acabar con su vida, esas pastillas eran la respuesta, sin embargo, no
morí, ¿No consumí lo suficiente? ¿Por qué la nota estaba escondida?
Una jaqueca atacó repentinamente, provocando que rechinara los dientes del
dolor, me agarré mi cabeza, comencé a recordar nuevamente, estaba yo, tambaleándome,
desorientado, me costaba trabajo el simple hecho de respirar, tomé la nota y el
bote de píldoras, los escondí, me recosté en la cama, y grité: ¡Aléjate de mí! Dormí
bruscamente por lo que puedo memorizar.
Dicho acto hizo que me revolucionara, que olvidara todo, para no lastimar más
de lo que ya he hecho, todo este tiempo he sido una mentira, yo pertenezco a la
muerte, porque era alguien indeseable, estoy aquí, porque mi cuerpo me dio otra
oportunidad tal vez. Solté una carcajada de satisfacción, una canción se vino a
mi mente. 2+2=5. Tomé mi cuerpo con poca fuerza y azoté mi
cabeza en la pared, ya no podía sufrir más. Choqué mis puños repetidamente, dejé
de escuchar todo por estar golpeando, el ardor en mis nudillos excitaba mi
furia, haciendo que invirtiera más fuerza, despedazando mis manos, ya no valía
nada, soy un chiste, alguien que debía partir, pero ni el mismo diablo quiso
albergar, no entiendo ni para qué sigo aquí, la persona que amo se irá y me dejó
extrañarla para siempre, mi padre, seguramente inconsciente del alcohol que
seguramente ingirió, mientras que yo me burlo de la vida.
Me agoté rápidamente, brinqué desesperado en mi lugar, bailaba, repetía
varias veces: “Baila bastardo, baila bastardo”
Casi por apuñalamiento una daga mental penetró mi cerebro, apagándose en un
abrir y cerrar de ojos.
Me costaba abrir mis parpados, parecía una resaca más bien, por alguna razón
me dolía todo mi cuerpo, claro, sobre todo los puños. Hinchados como globo,
totalmente morados, se veían como si hubieran sido mordidas por una bestia de
gran tamaño. Ahora estoy solo, y como antes, vivir la vida que me tocó tener.
Los minutos recostados ahora eran segundos, ya no sentía al mundo detenerse
sólo por mí, todo fluía, recuperé mi consciencia con totalidad, creo que únicamente
hacía falta una dosis de temor y tortura; tantas cosas que ahora puedo
desmentir, tuve hermosos momentos, pero lo arruiné, cómo alguien puede ser tan
estúpido como para asesinarse.
Soy un pecador que no se siente como tal, desconoce sus acciones, no viví
por semanas, realmente no era yo. He sido purificado con normas destructivas,
pero entiendo que nada sería para siempre, fue tonto imaginar que podía tomar
mi cuerpo y mi mente para no existir más. Todo es efímero, quizás hasta
compartir mi cariño con Natalia tenía plazo, el momento en el que estallé debía
llegar.
Si entonces sigo a salvo, debo ponerme en marcha para que no sea vano mi
despertar, el lirio se abrió para liberarme, las cadenas ya no pesarán más, o
eso espero.

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