Mi último aliento de preparatoria.
Sentado en el sofá, mirando las figuras retorcerse, sombras planeando
alrededor del techo, una luz cálida que el reflejo del sol en la
colina emitía. A mi lado, una sonrisa cegadora, dichoso me sentía por
querer besarla todo el tiempo, inundado de dudas en las yemas de los
dedos, hormigas recorrían mi cuerpo, picándome una a una sin dolor. sólo
el veneno puro de su misión.
En mis ojos veía personas, veía
recuerdos en cada uno de sus ojos, risas, sonrisas, llanto, ojos
húmedos, aliento a alcohol, una sensación de inspiración desembocaba en
sus barbillas, era satisfactorio verlos dormir en sus delicados y
pesados cuerpos.
Me hacían pensar, me hacían tener de cerca sus suspiros, era extraño que sus luces parpadearan en mis ojos, sus almas.
Jamás
había llegado a éste punto de alucinar diario, sea una buena o mala
señal, me enseñó a envolverme en cintas de video casera; en pies
tambaleantes cuando revivía en las memorias.
Sabía que mis últimas
notas se agotaban, las últimas sinfonías junto a ellos tomaban un
clímax estrepitoso, los coros se elevaban, pero perecían cual ángeles en
picada. Estos segundos en cámara lenta podrían significar una eternidad
desde otra perspectiva. Fue entonces que me pregunté. ¿Aproveché todo
lo que debía encarnar? ¿Ellos hicieron bien en elegirme? ¿Alguna vez
pensé tomarle la mano a esta persona?
No voy a mentir, ésta etapa de preparatoria fue la peor, pero a la vez la mejor hasta ahora.
Experimenté
el llanto descontrolado de varias noches, conduje mis sentidos a
peligrosas obras, noté mi capacidad a un ritmo medio, al ponerse el Sol,
los vientos corrían por mis orejas, era placentero escuchar a la ciudad
a esas horas, el frío resonaba en mis sentidos, en mi corazón. Jamás
pudo ser mejor.
Encontré a personas que cambiaron mi visión,
pero no mis pensamientos, ahora el mundo se hacía más grande. Los
rostros más queridos, algunos se borraron, pero no importaba, porque
comprendí que se vive en el momento y no en el pasado que me sostenía
cual crisálida.
Salí, miré más, analicé a la multitud, no era
la edad, era el contexto dónde se desarrollaban, era su religión, su
educación, su carácter, sus inquietudes, entre otras cosas.
En
el pueblo de los bosques de cera, tuve la flama más cerca de mí, tuve
un incendio, que fue tomando formas inexplicables, formas que me
deprimían, por no controlar aquel incendio, sin querer, este fuego tomó
la decisión de jamás expandirse más allá de la zona segura, más allá de
lo desconocido, porque, al ser incontrolable, temía a que quemara todo
el mundo, una flama, que llevaba 5 años de arder en una zona siempre
fertil, en una que sabía, nunca perdería su lugar, y mucho menos
disminuiría. Como quemaba con sus brasas, un sello en mi cuello que
jamás olvidaré. Porque aquella noche que empezó el incendio, expandió su
calor, por casi toda mi piel.
Meses explicándome mis
emociones, cuando de verdad comprendimos que, era mejor mantener la
llama, a extinguir el combustible intentando hacerla crecer.
Mis
méritos cambiaron de lugar, el pasto absorbía mis pies, ya no más me
repetía, quería que pararan las voces en mi cabeza, haciéndome daño.
Cuestioné mis modos, cuestioné mis amistades y mi propia existencia.
La
basura más grande de este planeta se hacía llamar como yo, en su
tiempo. Mi depresión castigaba a mis ojos, a mis convicciones, a mi
querer con los demás. Todo lo que pensé, se volvió progresivo, se volvió
una bola de nieve, y yo pensando que sería un día más.
Aunque
todo fue memorable, mi mente reaccionó apenas en este último año. hallé
la felicidad en momentos de discordia, hice caso a la voz del cielo;
debía vivir al modo que me hiciera amar más y no reservarme.
A decidir entre seguir con vida, o morirme en recuerdos de poca trascendencia.
En
un momento de lucidez ante el alcohol pude ver en esos pequeños ojos,
en esa pequeña sonrisa, en esas profundas miradas fijas que casualmente
se dan, que debía ser el manto que cubriera tus penas, la brisa que
peinaba tu cabello, la lluvia que tocaba tus labios, y las manos que
pulieran tus mejillas. Me repetí en la cabeza: “Mierda Diego, es ella.”
No te besé sino hasta al siguiente día, quería fumarte, beberte, tenerte. Mis deseos se encarnaban en tu grandísimo reflector.
No
tienes idea de lo tanto que te quiero, de lo tanto que anhelo, puedes
tomar mi mano mientras me quemo en los troncos caidos, mientras hiervo
en una cubeta de vino, te aseguro que mi mano se mantendrá apretada,
inclusive si mi aliento deja mi cuerpo, inclusive intenten alejarte de
mí con palabras de amenaza.


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