Zeta



El firmamento era testigo de la consecuencia del deseo de un chico que apenas nació hace dos días, sin darme cuenta era ya muy tarde, el frío lo hacía notar, mis labios secos, mis manos entumidas y mi pecho se sentía aplastado. Natalia no se incomodaba, sólo se puso su chaqueta y de nuevo como si nada quemara sus nervios. 
Nos levantamos y decidimos salir de nuestro escondite, en la plataforma dónde estaba la cabezota había únicamente un farol, con una luz débil que parpadeaba, era como una palmera entre la arena negra. Su luz hacía ver que era lo único que existía en ese momento, nada se podía ver.
Con cuidado fuimos bajando las escaleras, el silencio incomodo por ambas partes era eterno, aunque lo gozaba de todas formas, me di cuenta que me gusta sentir el silencio, me cubría de la ventisca imaginaria llamada incertidumbre, porque al tenerla puesta solucionaba mis dudas.
El camino de regreso fue más corto, aun así estaba pensando en cómo regresar a mi casa, ya no había rastro de ningún tipo de vehículo. 
Natalia interrumpe la tranquilidad.
-Mierda, ya es muy tarde, menos mal todavía tengo el número de los taxis, llamaré a uno, si quieres puedes quedarte conmigo, no creo que puedas llegar a tu casa.- Dijo mientras sacaba su celular para marcar.
Me agradó la idea de quedarme en su casa, creo que dormiré muy tranquilo después de todo. No llegaré a casa, puede que a mi padre le preocupe que no esté allí, no lo sé no he recibido nada de ellos en mi teléfono. Aun así él si me importa.
Agarré mi teléfono de mis bolsillos, busqué el contacto de mi padre, afortunadamente no estaba con un nombre clave, simplemente, "papá".
Le envié un mensaje diciendo que me quedaría con una amiga en su casa y que llegaba al otro día.  No hubo respuesta al momento así que guardé mi teléfono. Escuché a lo lejos a Natalia hablar, no me di cuenta cuando se alejó para hablar, parecía que estaba discutiendo, no sabía con quién, eso me dio curiosidad.
Regresó algo apurada y mientras lo hacía.
-Ya casi llega el taxi, ¿Está bien?.- Dijo con un tono hostil.
Me preocupó su cambio de humor.
-¿Todo bien? Vi que estabas algo enojada.- Dije.
-Es que mi hermano estúpido no sé en qué tonterías anda, y de nuevo quiere que vaya por él a una casa llena de drogadictos.-  Respondió con un nudo en la garganta.
Podía notar que le importaba, pero de alguna manera no quería ir por él. Sentía un poco de culpa, quizás por mí es que no quiere ir. Así que tomé una firme decisión y le dije que fuéramos por él.
Sorprendida respondió.
-¿En serio? No lo sé, pensé que lo odiabas, ya sabes por lo que pasó.-
En ese momento mi corazón se detuvo unos segundos, me angustió la idea de que tenía un pasado caótico con su hermano, no parece ser algo ligero, porque dijo la palabra "odiar". Me pregunto qué fue lo que hizo para que tuviéramos una relación así.
-Sí, los tiempos cambian y ya soy alguien nuevo.-Respondí de manera sincera.
Cuando terminé la oración escuché un claxon a lo lejos, vi las luces del taxi aproximándose. Se detuvo justo en frente de nosotros.
Le abrí la puerta a Natalia,  un poco confundida sólo se metió silenciosamente. 
Después de ella me metí y cerré la puerta.
Un silencio incómodo hizo presencia, el chófer rápidamente lo rompió con unas simples palabras.
-¿A dónde los llevo?-
Sin perder más tiempo, Natalia dijo que directo al fraccionamiento Acre, seguido de eso, me mencionó.
-Lo siento pero no puedo, es mejor que sea otro día, ya llegará después a casa de mis padres.- Dijo angustiada.
Me llevé la impresión de que era una de dos, podría salir mal porque el chico estaría drogado o porque piensa que al verlo reaccionaré de manera intensa. Cómo decirle que ya no sucederá la segunda opción, si no sé si es esa.
Suspiré y contesté que no había problema.
Los minutos en el taxi se hacían pequeños con la velocidad que alcanzaba, las luces del alrededor, edificios, faroles, semáforos, etc. se distorsionaban. Comencé a cerrar los ojos.
Justo cuando ya iba a dormir, la fuerza del freno despierta mis sentidos, como si un botón los activara.
Entre la borrosa vista vi que Natalia estaba pagando,  miré en las ventanas, de nuevo afuera de la ciudad.
Ahora no hubo rejas que atravesar nos dejó en una calle llena de casas grandes... Espera, he estado aquí antes, en la memoria, cuándo sonó Exit Music, lo recuerdo, Natalia moribunda, el rastro, la sangre, todo.
Es escalofriante tenerlo en mente, mi respiración tomó un ritmo irregular, estaba asustado. Caminaba tímidamente por la acera, Natalia parecía desesperarse con mi lentitud.
Le tomé la mano y le dije que me perdonara. -Fue el viaje, me mareó un poco.- Dije.
Por su expresión creo que lo entendió, me miró fijamente y volvió a  lo suyo, caminar con la vista en alto.
En la puerta de su casa, la oscuridad susurraba ventisca, haciendo gritar a los árboles.
Entramos, a pesar de que fue una experiencia extraña, me reconforta estar en esta casa. 
Por lo que dijo hace rato dio a entender que vivía sola, en fin, será más tranquilo entre menos gente estorbe.
Me quedé en la entrada mientras se dirigía a la cocina, encendió la luz y se quedó un rato ahí. Yo no me movía, no sabía qué hacía, pero supongo que era algo que ver con cocina, escuché al refrigerador abrirse y cerrarse varias veces.
Por instinto y curiosidad me dirigí a su habitación.
Recuerdos y más recuerdos de ella a punto de morir, de la memoria.
Entrando, vi la cama y me tumbé, ahora que lo veo esta es más grande, no es individual como la mía.
La suave tela de sus cobijas me arrullaban, su perfume me tranquilizaba. Gozaba de estar ahí, me pareció gracioso y reí  vagamente.
Escuché pasos mientras disfrutaba de las texturas en mi cuerpo.
Supuse que era Natalia, con el tiempo se acercaban más, hasta llegar a la puerta, se detuvo.
Ya no escuché nada, entonces, un pesos cae sobre toda mi espalda.
Se arrojó sobre mí, no me dolió pero me tomó por sorpresa.
Quedó estática en mi espalda, no dijo nada, sólo con sus brazos rodeó mi cuerpo y me abrazó, me dijo que me quería mucho y calló.
Sugirió que nos metiéramos entre las cobijas para dormir, asentí con la idea.
Me levanté de la cama para acomodarme, pero ella se sentó a pensar, miraba hacia el infinito, sin rumbo ni dirección.
Hice lo mismo pero me concentré en ella. Observaba su rostro, su cabello, sus ojos, sus labios, sus manos, su cuerpo, todo.
Natalia, percatándose de mi acoso, dejó al infinito en paz y me vio fijamente. Nuestros chocaban cual cuerpos celestes. Nadie dijo alguna palabra, hablábamos por los ojos, no había un mensaje explicito pero de alguna manera nos entendíamos.
Sin esperarlo empezó una canción, Skin. Escuchaba a nuestros corazones entrar a sintonía, veía el pequeño golpeteo del corazón sobre el cuerpo. Sus pupilas se dilataban, mojó sus labios.
Yo únicamente me concentré en esperar, apreciaba la canción y trataba de asociarla con ella.
Ella estaba en una orilla de la cama y yo en otra; a gatas recorrió la cama para acercarse, sin perder el enfoque en mis ojos. 
Cuándo estaban nuestros labios por contactarse, la empujé hacia atrás, cayendo de espaldas en el colchón, ahí decidí lanzarme sobre ella. 
Tenía la loca necesidad de estar con  ella como con la chica del lago, no era igual, pero mis impulsos carnales lo gritaban.
Estando arriba, coloqué mis manos sobre las de ella, no había escapatoria, nuestras miradas colisionaban más fuerte.
Mis hombros temblaban, mi cuerpo decía que debía hacerlo, pero mi cerebro lo negaba. 
Le agarré el cuello con una mano dejando libre una de las de ella, apreté con fuerza, no paraba de mirarme, con su mano libre hizo lo mismo, mi respiración se omitía, los ojos se tornaban rojos y las caras cambiaban de color.
Tenía el control, la bestia de mi interior quería hacerlo de manera brutal. 
Soltó mi cuello y de un puñetazo desvió mi mirada, silenciado por el impacto, de un rápido movimiento me puso a su merced, ahora yo estaba abajo, puso ambas manos en mi cuello apretando con más fuerza.
Fue entonces que mi razón volvió y sabía que estaba todo mal, no puse oposición pero para frenarla la besé.
Todo se transformó en un cuadrilátero, su dureza contra mí me gustaba, su forma de hacerlo tan bruscamente prendía la llama del incinerador.
Estando en el acto, Natalia se formó en una posición cuadrúpeda, me quité mi ropa con fuerza y casi desgarrando la de Natalia también.
Empujé con rapidez y fuerza, escuchaba los gemidos de su dolor, pero a la vez placer, no quería detenerme, la adrenalina dilató los vasos sanguíneos que sensibilizaban mis nervios externos. Escuchaba mi respiración, la canción finalizó en cuanto nos estábamos ahorcando ahora sonaba Jigsaw Falling Into Place. La dinámica perdía sentido porque nos lastimábamos, pero no dejaba de ser excitante.
En una sinfonía de exhaustivas respiraciones, terminó con uno al lado del otro, el sudor marcó el cansancio y el esfuerzo físico.
No fue algo como en el lago, pero sí que fue emocionante disfrutar a base con la tortura mutua.
En sus ojos pude ver millones de incendios comenzar, la muerte se le aproximaba, sus suspiros sonaban como los últimos en un delirio espectral.
Nuestro acto no tuvo otra forma de acabar si no era a ambos tumbados, agotados con un sentimiento de culpa por la hostilidad que se sostuvo.
Dormimos.
En plena madrugada, aproximadamente las cuatro, abrí los ojos con un poco de esfuerzo, no sabía por qué pero el sol salió antes de lo esperado, mis sentidos alarmados me insistían en levantarme, algo no andaba bien, algo estaba pasando.
Confundido, fui al baño, me recargué en el lavabo con mis brazos, abrí la llave del agua, percibiendo el sonido del agua contra la porcelana del plato, una sarta de imágenes atravesaron mi cabeza. En la vista nublada de mi conciencia sonó Control, la sincronía de los periodos hasta ahora no fue bien procesada, dejé que mis deseos se interpusieran en algo; ahora doy vueltas porque imagino que desde que nací tenía una misión. 
Los fotogramas vagaban de un lado a otro, cosas que ni siquiera habían pasado, vi gente que no conocía, vi a la chica del lago, vi a Samael, pero, curiosamente Natalia no estaba ahí, ¿Será porque no quiso ir?
De cualquier forma no me preocupa sé que hay momentos para todos, en especial para ella.
Recordé algunas cosas de mi personalidad, como ver los labios pulidos de Natalia hidratarse después de fumar, algo que no he presenciado en esta vida, pero mi cerebro lo indicó. También mi pasión por beber, en las fotos mentales aprecié a mi persona sola, con una botella de vino. Disfrutaba la soledad, es extraño que ahora me sienta mejor cuando me acompaña alguien.
En este momento más que nunca comencé a elaborar una hipótesis de que quizás ahora soy otro porque el viejo de alguna forma abandonó este cuerpo, voló para ser un alma libre entre las constelaciones, entra la subjetividad de las cosas. El canto cesó en un silencio profundo e interesante. El sonido del agua despertó mi vista fija, exhausto mojé mi cara para aclarar mi mente; sabía que no funcionaría pero lo hice por reflejo.
Me miré en el espejo y no vi mi rostro, vi una manija, el espejo actuaba de puerta a un botiquín, con cosméticos, cepillos de dientes, etc.
Me llamó la atención un pequeño bote, con pastillas, y una etiqueta que lo recetaba, tenía el nombre de Natalia escrito, seguido de sus apellidos. Fue pereza la que sentí cuando noté que la etiqueta contenía más especificaciones.
Pensé, "Sea lo que sea debe ser algo que se cure con este medicamento"
Cerré el botiquín con todo lo que saqué dentro del él. 
Me volví a la cama, con un sentimiento muerto por el cansancio. 
Tiré mi cuerpo en el colchón.
La mirada perdida en el sol saliente anestesió los músculos, dormí de nuevo esperando liberar mi alma de este cuerpo que jamás pedí tener.

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