En la cantera de la ciudad.


I

Los ojos viran en todas direcciones buscando respuestas, buscando la calma entre todo el cúmulo de verdades reales y ajenas.

Tantas preguntas y tan poca vida para resolverlas.

Pienso si es menester dirigir el semblante hacia donde el ruido llama, si es una obligación aceptada o una convicción desarrollada. Pienso y sigo pensando; si el destino tiene que doler, si no ha dolido suficiente ya.

Hoy como en los días del eterno otoño, vuelvo a vislumbrar el haz de luz que atraviesa mi ventana, siendo observado y aceptado… Pero no por mí mismo.

Me sigo preguntando sobre el tiempo que he dejado que transcurriera, si se me ha escapado o lo he tejido al ritmo que necesito.

Hace meses que sigo corriendo de los segundos del reloj, tropezando con cada escalón irregular de la escalera hacia la paz, intentando cambiar de zapatos cada vez que sucede, en lugar de sanar los pies que me mueven hacia adelante.

II

El soliloquio cada vez coge más amplitud. Trato de disuadir mi voluntad mirando las hojas bailar por el viento; trato de recordar esa pizca de vida que llenaba el cuenco de mi corazón.

Ha sido el miedo a vivir el que me abstrae mi virtud de los hechos. Mi obsesión por la verdad me hace enajenarme de lo hermoso que el frío seco de esta cantera me ha traído.

La dicha y la pena penden del mismo hilo: dos funámbulos cambiando entre dos cuerdas distintas.

III

Redirijo la mirada y la veo recostada con su silueta llamándome, encapsulando el tiempo de forma estremecedoramente adorable.

En sus ojos veo el calor del que he rehuido. Sus dedos hacen círculos en mis costillas, aunque el tacto, como dos ganchos tejiendo mis dudas, haciéndolas bellas estrofas de calma y pasividad.  

Si soy honesto, he abjurado del sentir; detrás del cerote revestido de la falsa audacia y la errante sensación de plenitud, encuentro más de lo que he tratado de ocultar debajo de la alfombra. Pero son esas manos, las que asen y al mismo tiempo atañen mi ánima hacia otro de tantos vados de la verdad.

Pienso en el poder que su diástole desprende, tan formidable su pujante llama que retrae el lúgubre recuerdo de la soledad.

Los muertos cantan una epopeya en la cual todo es tan grande como peligroso. He visto tormentas deshacerse, pastizales secarse y barcos en el naufragio de la confusión, pero nada ha superado mi expectativa, como advertir el dulce aroma de su perfume extendiéndose por los pasillos de mis sueños.

 


 

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