Diario de Diego II


Una ferviente sed de complacencia, un punto y aparte en los anaqueles de la incertidumbre parecía sobrevolar mi ausencia de responsabilidad. Honestamente sigo pensando, imaginando las vertientes de algo óptimo. Sin saber acaso, la definición de óptimo para mí. Tal vez redundo en las ideas flotantes de mi cabeza, intelectualizando todo sin aterrizar nada. Pensando en una brecha cultural sobre el éxito que quiero ver llenando mis ojos. Tendencias distímicas toman papel en algunos pensamientos, en la vanidad de uso de mi razón. Si quiero estar bien o verme bien.

Esta semana hemos estado trabajando en el montaje del musical que debo presentar. Al principio lo sentía como un deber, pero poco a poco voy percibiéndolo como un escape a la escuela misma, puesto que los compañeros de teatro serán los mismos por ocho meses si no mal entiendo. Normalmente los grupos en mi escuela cambian cada dos meses, así que es cuestión de suerte volver a reconocer rostros una vez que los pasillos se vuelvan a saturar de pagos retrasados. Poco a poco voy entendiendo mi capacidad de notar ciertos detalles en las personalidades de la gente; hace tal vez algunos meses pensaba en la categorización de emociones y sentimientos (pudiera seguir siendo una hipotesis mas o menos asequible de acuerdo a una ley… un tanto experimental obviamente) prefería ahorrarme tiempo e imaginar que podía predecir las relaciones para no desgastarme, ya sé, un pensamiento muy narcisista, pero cambió. En fin, pude poner en acción aquella noción interpersonal de la percepción. Con filtros que constantemente envolvía en mis “chaquetas” mentales para definir el ser-esencia de los personajes. Sorpresivamente no estaba tan alejado de esa idealización según el teatro considera importante en los rasgos en un “buen” personaje o de menos para que los actores lo entiendan. Detalladamente era imaginar el contexto, desde cosas simples como el sexo biológico, identidad de género, gustos, influencias, así como su lugar de origen, el estado sentimental de sus padres, la cantidad de hermanos, las aficiones y los disgustos etc. Fue ahí cuando noté cierta empatía con algunos personajes, llegando al punto de… No sé, tal vez pueda audicionar para alguno de los estelares, poner a trabajar mis cuerdas vocales y redescubrir otra parte de mi seguridad y autoestima. Claro siempre es bienvenida un poco o un “mucho” de estas cualidades, sólo que no me gustaría solamente dejarlo en una idealización pasajera, sino, darle mérito total a algo que me haga sentirme parte de algo.

Me he estado acostumbrando a la vida del foráneo, más que nada con las tareas diarias que a paso acelerado toman un peso más ligero, odio la rutina pero también anhelo el orden de mi estancia, que sea cómoda y no fácil, con esto me refiero a que no me gusta descuidar la limpieza y el orden que me gusta llevar con falta de atención a pequeños detalles como no lavar mis trastes al instante del uso, o dejar más de medio día mi cama sin tender, tal vez tenga algún trastorno obsesivo-compulsivo (broma)
Siendo sincero con algunas amistades que tengo también he notado lo poco de… La verdad no sé como definir esa exigencia de atención, la cual por mi lado no me cuesta darla, aunque a veces resiento la falta de dinámica cuando la plática se centra solamente en la persona que relata sus cosas; me gustan las historias y ayudar en algo, pero también compartir mi día. Debería externar esa inquietud pues estoy convencido que no convivo con malas personas sólo muchachos con ansia de ser escuchados, a veces pareciera que su terapía es solo contar el por qué el profesor de equis materia se les hizo atractivo.  Entiendo que puedan notar esa misma actitud en mí, aunque por mi lado prefiero no tener contacto directo con la persona, para poner más atención, suelo distraerme con facilidad y al mirar al suelo, por ejemplo, puedo razonar mejor lo que tratan de plantear, llegar a un punto de vista que pueda empatar con el tema en cuestión, no ser simplemente oídos vacíos. Igual me gustaría aprender a ser mejor oyente.
El lunes estúpidamente consumí una dosis de LSD, estúpidamente por lógicamente el día que era, la intención del hecho y las consecuencias del mismo, no lo aproveché para lo que realmente era, una especie de válvula reguladora de mierda cerebral y también un poco de colapso consecuente. No se puede tener respuestas sin reconsiderar la cordura. Después de la lúgubre intoxicación, implícitamente comencé a ser más productivo, era un poco de culpa, pero que además impulsaba las tareas de siempre.

Comencé a leer un nuevo libro. Iba caminando el domingo en la mañana por el kiosco de Valle de Bravo, esperando mi cita con “el barbero”. La cual se tuvo que retrasar una hora por cuestiones de horario, supongo. Vi entre mis curiosidades, la librería que está a un lado de los cafés de por ahí, pensé en la posibilidad de refrescar un poco mis pensamientos con palabras ajenas a las mías, no opiniones, sino ensayos concretos de ciertas percepciones, para ello me centré un poco en la divulgación de la realidad desde ojos de gente experimentada, gente que escribía historias y por naturaleza tenía una idea variable de las nociones. En mis manos cayó Las Puertas de la Realidad por Aldous Huxley; ensayo en el que redacta el impacto que tuvo su experiencia de la mescalina, alucinógeno encontrado popularmente en el peyote. Me anticipé con mi experiencia al ya considerarla enriquecedora para el momento en el que se presentó el libro en mi vida. Sin duda un desafío por la gramática que emplea dicho autor, aún me atoro en muchas observaciones que el autor plasmó, más que nada por el rebuscado vocabulario que usa.
Justo después tuve mi cita con “el barbero” al llegar me percaté que era más bien “la barbera” algo en mi parecer inusual, según tengo entendido, las mujeres suelen ser estilistas, honestamente no sé que conlleva cada papel, sólo que por costumbre pues lo pensé así. Mi paladar se hizo de una cerveza INDIO de cortesía, sorpresivamente dicho gesto cambió mi ánimo.
Comencé a hablar con la barbera, principalmente haciendo la observación de su papel en el local a lo cual respondió con un <<Tratar con hombres es menos complicado, por eso preferí ser barbera y no estilista>> No pude discutir ante su lógica, parecía tener sentido para ella y eso bastaba en ese momento. De un minuto a otro la conversación comenzó a tomar profundidad. Salió que no sólo fuimos a la misma universidad (por un tiempo) sino también en la misma carrera y curiosamente también ambos desertamos, la carrera era Administración de Negocios de Comunicación y Entretenimiento, y la escuela EBC. 
Sus padres manejan un restaurante conocido de Valle, conocen a mi papá, bueno, realmente mucha gente de allá lo conoce, así que no fue tanta sorpresa que lo dijera. Comenzó a hablarme de sus viajes y respondiendo amablemente a mis dudas sobre el lugar que visitaba. Sin duda se le veía muy enfocada en lo que quería de su momento, además de su yo social a lo cual no pude evitar tener una pizca de interés. Me cautivó su desapego hacia la gente, el como lidiaba con hechos comunes en nuestra cultura del ser y estar aferrado a las personas, ya sea familia, amigos, pareja, etc. No era una persona fría, era calurosa con tema de conversación y segura de sí misma. Volvería por un corte allí definitivamente. 


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